En el rating de mi alma melodramática, en mi personalísima épica de lo incomprensible, ahí donde el bolero es también autobiografía invisible.
Gustavo Ogarrio
Al pie de los boleros todo es redención, promesa imbatible, dolor suavizado por el cantar terapéutico: amor, traición, el fracaso y sus múltiples rostros; lo incomprensible arraiga en los sentimientos y todo aquello que rebasa nuestro entendimiento es tierra fértil de esa cuasi tragedia presa de las guitarras. ¿En qué momento a las vidas se las lleva el viento de la infelicidad? Los propósitos desmedidos de la muerte, las caricias basálticas de los otros, la anegada soledad después de batallas incomprensibles. Cantos huérfanos de misterios contemporáneos, extraviados en el laberinto de una época también incomprensible.
La épica degradada del pasito duranguense o de la canción norteña acompaña en marchas nupciales a las tragedias contemporáneas. Y el bolero, desde su lenta caída, desde la murmuración de sus amores imposibles, todavía quiere ser la prueba de que el reino de las emociones compartidas existe, de que el sentimiento desbordado y controlado por la expresión artística aplaza revoluciones y festeja su desolación en cantinas derruidas. Para los más nostálgicos, el bolero sigue siendo el altar de las desdichas, el refugio de un patriarcado redimido que busca a sus mujeres en la ternura tremendista.
En el rating de mi alma melodramática, en mi personalísima épica de lo incomprensible, ahí donde el bolero es también autobiografía invisible, templo de fantasías románticas que nada pueden hacer ante el realismo imparable de las mercancías y el consumo; ahí donde disputan el trono Julio Jaramillo, Beny Moré, Agustín Lara, Los Panchos, Pedro Infante y José José; ahí, donde todo huele a dolor debilitado por el tiempo, reivindico uno sólo de ellos, a manera de epitafio no pedido: “Y si vivo cien años, cien años pienso en ti…”