México tiene dos lecciones importantes, de las cuales ya ha aprendido la primera: las sucesiones políticas se trabajan, se construyen.
EMILIANO MEDINA
Democracia, golpe de Estado, dictadura. Brasil es un país cuya historia política se ha visto marcada por rupturas coyunturales; han sido una constante. La dictadura militar (1964-1985) vino a interrumpir la "Cuarta República", un periodo caracterizado por la búsqueda de la democracia y que terminó con la deposición del presidente João Goulart -respaldada por unos Estados Unidos inquietos ante la ley que restringía las remesas de utilidades de las multinacionales al exterior y ante los planes de reforma agraria del mandatario-. Tras el gobierno militar —cuyos protagonistas prometieron una intervención breve, pero terminaron quedándose más de dos décadas— surge el periodo actual: la "Sexta" o "Nueva República".
Este periodo no podría concebirse sin la figura de Luiz Inácio Lula da Silva, quizá el político más importante de la historia moderna de Brasil. En 1980 lideró la creación del Partido de los Trabajadores. Desde ese momento, ha sido candidato presidencial en seis ocasiones y presidente en tres; contenderá en una séptima ocasión en octubre de este año. ¿Por qué hacerlo nuevamente a sus 80 años?, ¿qué está en juego?, ¿qué se puede observar y aprender desde México?
Era 2002 cuando Luiz Inácio fue electo presidente por primera ocasión. En aquel momento todo le salía bien al mandatario: ganó la reelección con el 60% de los votos y concluyó su segundo periodo con históricos niveles de aprobación. Brasil despegaba económicamente; la creciente demanda de materias primas por parte de China permitía su despunte económico. Además, el programa Bolsa Familia, basado en transferencias directas a las familias más pobres, permitía la reducción de la desigualdad en el país. Según cifras oficiales, cerca de 20 millones de personas salieron de la pobreza durante sus dos periodos, y surgió una nueva clase media.
En ese contexto llega Dilma Rousseff a la presidencia -designada por el propio Lula como su sucesora- y con ella comienzan los problemas de gobernabilidad. El Partido de los Trabajadores se ve obligado a pactar con el PMDB (hoy MDB), un partido de centro que terminaría girando a la derecha. En gran parte, esa alianza le costaría a Dilma su juicio político: fueron dos cuadros del PMDB -el vicepresidente Michel Temer, que rompió con el gobierno, y el presidente de la Cámara, Eduardo Cunha, que abrió el proceso- quienes ejecutaron su caída. A ello se sumaron una serie de malas decisiones económicas y el destape de la operación Lava Jato: el principal escándalo de corrupción del país, que sacó a la luz un esquema de sobornos -de entre 1% y 3% del valor de las licitaciones- destinados a los principales políticos de Brasil. Por esa operación terminaría Lula en la cárcel, sin posibilidades de contender tras la salida de Dilma.
La crisis de gobernabilidad fue el caldo de cultivo perfecto para la llegada de Jair Messias Bolsonaro a la presidencia: un político de extrema derecha, aliado cercano de Donald Trump, defensor de la libre portación de armas y reivindicador de la dictadura militar de la Quinta República. No obstante, Bolsonaro no conseguiría la reelección al ser derrotado por Lula -quien, tras 580 días en prisión, vio anuladas sus condenas por el Supremo Tribunal Federal-. Hoy los papeles se invirtieron: Lula gobierna y Bolsonaro cumple una sentencia de 27 años en arresto domiciliario por intento de golpe de Estado.
Las preguntas permanecen intactas después de este amplio preámbulo. Resulta casi inverosímil que un país como Brasil enfrente la disyuntiva entre respaldar nuevamente a Lula -quien ya tiene 80 años e iría por su cuarto mandato- o volcarse a favor de Flávio Bolsonaro -hijo mayor de Bolsonaro y senador por Río de Janeiro, que comparte la misma ideología de extrema derecha de su padre-. Lo que está en juego no es cosa menor: es la democracia misma. La llegada de Flávio podría instalar en el Palacio de la Alvorada a un inquilino que ha prometido indultar a su padre y que reivindica la dictadura militar.
México tiene dos lecciones importantes, de las cuales ya ha aprendido la primera: las sucesiones políticas se trabajan, se construyen. Después del infructuoso paso de Dilma por la presidencia, el PT tuvo la oportunidad de apostar por un nuevo liderazgo; no lo consolidó, y Lula, con su avanzada edad, es el abanderado en 2026. La segunda lección es que la transición entre gobiernos de izquierda y extrema derecha no es tan progresiva como puede aparentar. Un país con récords de movilidad social a principios del siglo XXI pasó a llevar al poder a un gobierno de extrema derecha en poco más de una década. Bastó el ciclo infructuoso de Dilma para que la gente aceptara una agenda inaudita desde el comienzo de la Sexta República. A esto último debe poner especial atención México: a que un ciclo infructuoso no despierte la tentación de un cambio en la dirección equivocada.