El director Carlos Armella reflexiona sobre la importancia del silencio en la pantalla, la identidad en la cultura y la supervivencia del cine en México.
El cineasta mexicano ha comprobado que hay dos maneras de aprender a hacer cine. La primera (y teniendo en cuenta que hoy en día está mucho más al alcance de todos) es ver mucho cine, cuenta. En ese sentido, desde niño tuvo la fortuna de poder ver regularmente muchísimas películas allá en Ciudad Satélite. La segunda, no siempre es fácil, es hacer cine. Una pasión que busca la fórmula sí o sí. Hacer cine cuesta (y mucho) por sencilla que sea una producción. Adentrarse al sueño de contar historias tiene tres vertientes. Carlos Armella lo llama “los tres actos de escribir una película”: se escribe en el papel, se escribe en la cámara y se vuelve a escribir en la edición. Luego ajusta y modifica cosas, pero donde más feliz está es en un set de filmación. Le gusta mucho involucrarse con los actores y pensar sobre los personajes antes de llegar al set. Prefiere pegarse a la cámara que ver todo desde lejos. “Dirigir me genera una adrenalina muy emocionante”. Chaplin, Murnau, Fellini, Tarkovski, Welles o Iñárritu son su inspiración y lugar seguro. Tantas maneras de contar las historias que han derivado en la suya propia: lente y pasión premiadas internacionalmente.
¿Qué querías ser de niño?
De muy pequeño quería ser veterinario como muchos niños, pero a los 8 años recuerdo que quería ser director de cine de horror. En ese entonces, mis papás ya me permitían ver algunas películas en VHS y me llevaban al cine, ¡me encantaba! Por allá los 80´s recuerdo haber visto E.T., Los Muppets... Y después, me llamó mucho la atención el cine de horror. Ya de adolescente, descubrí el cine de arte y me atrapó. Crecí en la zona de Ciudad Satélite en Cdmx donde había muchas salas de cine. Los niños íbamos varias veces a la semana a ver películas, además era muy barato. Siempre supe que quería algo relacionado con el cine, pero no sabía qué, ni siquiera sabía que había una carrera como tal. Pensaba que sería escritor o periodista, algo relacionado de alguna manera. Hasta que descubrí que había un par de escuelas de cine y dije: ah, ¡es eso! Y desde entonces, no he cambiado de parecer.
¿Qué quieres ser ahora?
Mi sueño es seguir dirigiendo hasta hacerme viejo, hasta el día que me muera quiero estar en un set de filmación. Ahí es donde estoy más feliz. Mi sueño sería estar filmando constantemente, pero estamos en una época en que están cambiando los medios, los contenidos… Ahora funcionan las novelas de 1 minuto en vertical y está muy desvirtuado lo que es el cine. Son modas y la industria cinematográfica deberá tratar de mantenerse. Necesitamos dar un paso hacia atrás los que queremos hacer cine, hablo de no apoyarnos en la inteligencia artificial, sino en ese cine más imperfecto, más humano. Tomar una pequeña cámara de vídeo, regresar a lo que se siente con el material en bruto. En ese sentido, el cine documental tiene todavía esa ventaja. Yo quiero seguir haciendo películas frente a este mundo cambiante, seguir construyendo personajes e historias y seguir creando reflexiones. También me gustaría algún día hacer teatro, pero le tengo miedo.
Principal rasgo de tu carácter.
¿En una sola palabra? Uf, qué difícil. Te diría que soy incansable. No siento que llegue el momento de quererme retirar.
¿Qué importancia le das a las palabras? ¿Y al silencio?
Muchísima… y para mí tienen el mismo valor. Cuando escribes un guion, escribes palabras, pero son palabras para transcribir imágenes y sonidos. Esas palabras van a crear los diálogos y estos deben traducirse a una imagen unida a una acción. Las palabras forman diálogos y aunque no me considero el gran dialoguista, me gusta ir reduciéndolo hasta llegar a la esencia. Las palabras son muy importantes, pero cuando empiezo a comprimir y a reducir los diálogos, lo que va quedando son los silencios. Esos huecos son silencios Y de repente me encanta tener escenas que son puramente silencios. Lo mismo sucede con el espacio vacío. Para mí es tan importante el espacio ocupado por el actor como el espacio vacío. El espacio vacío te habla de quién estaba antes ahí. Mi primera película de ficción, La estancia, está filmada en un pueblo abandonado porque me encantan esos ambientes: las paredes viejas, las puertas desvencijadas, las calles abandonadas… sin duda te habla de quien vivió o estuvo ahí. Y pone tu mente a trabajar y precisamente eso es lo que hace el silencio.
¿De qué podría servir el cine en un mundo tan caótico como el de hoy?
Justamente la película El diablo en el camino ha generado mucho debate y mucha reflexión. Quizás no se han abierto tantas puertas como deseábamos, pero al público le ha removido emociones y para mí eso es un logro. No tener la corrida comercial o un éxito en pantallas como deseaba siempre decepciona, se invirtió mucho dinero y el trabajo de muchas personas durante años. Siempre supe que no era una película para todo el mundo, pero que a mí tenía que gustarme y a mí tenía que traerme esas reflexiones para encontrar eco con otras personas. Con el cine no vamos a cambiar el mundo y sería absurdo pensar que vamos a lograr un cambio, es cierto, pero podemos hacer eso, tocar los corazones y mover la reflexión en las cabezas. Desde el principio de los tiempos el ser humano ha querido contar historias y con ello propiciar un oleaje positivo. Sin duda, eso requiere el apoyo de mucho más que sólo los cineastas y por eso estamos trabados en México y también en otros países en lo que respecta a la exhibición. Aquí te dejan una semana en cartelera y adiós. No te promocionan, no te ayudan. El cine, como el resto de las artes, es un oleaje, un factor clave para propiciar un pensamiento positivo.
¿Qué cualidad admiras en las personas? ¿Y qué detestas en los demás?
Me encanta el sentido del humor en las personas y que tengan un pensamiento crítico. No me gusta la gente que replica lo que vio o lo que oyó así sin más. Y detesto que la gente no haga su mejor esfuerzo. Teniendo la posibilidad de hacer mejor las cosas, no me gusta la gente que se queda en lo mediocre y haciendo el mínimo esfuerzo.
¿De qué te sientes orgulloso?
De las películas que he hecho. De tener una voz propia y llegar a conectar con parte del público, aunque no sea un cine para las masas... De seguir en el camino y ser un ejemplo para mis hijos.
¿De qué te arrepientes?
Verás, de no haberme metido más de lleno en las artes plásticas. Lo disfruto mucho, pero no tengo la habilidad técnica suficiente.
¿Crees en el destino?
Sí, pero no de una manera predecible. La frase de “las cosas pasan por algo”, sí la creo…
¿Qué es para ti la Cultura, Carlos?
La Cultura es la presentación de lo que somos, tanto en lo individual como en lo colectivo. En lo nacional, en lo regional, es una representación de la identidad que tiene que ver con las expresiones humanas. Las disciplinas, las humanidades, la representación de los valores que heredamos y que nos hacen ser quienes somos, y lo que proyectamos hacia el futuro. La Cultura nos sirve para tener los pies en la Tierra, nos da un lugar en la Tierra desde el cual observar, empezar a trabajar, tratar de comunicar al mundo algo. La Cultura marca profundamente nuestro lugar y nuestro tiempo.
Rita Gironès
Rita Gironès, escritora, docente y artista escénica. Catalana y mexicana. Lleva 20 años residiendo en Michoacán trabajando activamente por la cultura. Apasionada de las Humanidades, obtiene el Premio Nacional de Dramaturgia en México, 2022.
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