La entomóloga mexicana explora la memoria, la ciencia y la desaparición de las luciérnagas en Morelia.
Víctor E. Rodríguez Méndez
Cisteil Pérez es una bióloga mexicana que persigue destellos danzantes en la oscuridad. Doctora en Ciencias por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), se ha convertido en una de las voces más lúcidas y apasionadas del estudio de las luciérnagas en México. Es especialista en entomología, biodiversidad, colecciones científicas y conservación, y es divulgadora científica. Actualmente, desde la Facultad de Biología de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH), indaga cómo en la ciudad de Morelia se va apagando poco a poco uno de los espectáculos más antiguos y mágicos de la naturaleza, mientras teje redes ciudadanas como guardianas de ese brillo efímero.
Cisteil Xinum Pérez Hernández ha dedicado buena parte de su vida a comprender uno de los grupos de organismos más diversos y fascinantes del planeta: los insectos. Investigadora posdoctoral bajo el programa Estancias Posdoctorales por México de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (SECIHTI), a sus 41 años centra hoy día una parte importante de su trabajo en el estudio de las luciérnagas como bioindicadoras de la salud ambiental y testigos de la memoria colectiva, pero que también enfrentan diversas amenazas para su existencia, al igual que otros insectos.
Integrante del Grupo de Especialistas en Luciérnagas de la Internacional Union for Conservation of Nature (IUCN) y del Comité Directivo de la Fireflyers International Network, pertenece además al Cúmulo de Tesla, agrupación desde la que hace dialogar arte y ciencia al explorar realidades más amplias.
Su interés por los insectos surgió de una inquietud fundamental: entender los orígenes y las consecuencias de la extraordinaria diversidad biológica de la Tierra. “Y qué mejor que estudiarlos con el grupo animal más diverso que hay en el planeta que sepamos hasta el momento: los insectos”, dice en entrevista en su cubículo del Jardín Botánico de Morelia.
Nos cuenta que desde la infancia convivió estrechamente con la naturaleza y desarrolló una profunda curiosidad por los organismos que la habitan. Más tarde, la biología le ofreció las herramientas para explorar científicamente aquellas preguntas que la acompañaban desde niña. “Me atraía entender cómo están ocupando un lugar en el mundo”, señala.
Preocupante situación de insectos
Para la Investigadora Estatal Honorifica ICTI-Michoacán, los insectos son piezas esenciales de la vida en el planeta. Han estado presentes durante cientos de millones de años y participan activamente en los ciclos biogeoquímicos, contribuyendo al reciclaje de nutrientes en los suelos. Hormigas, escarabajos estercoleros y enterradores, entre muchos otros, desempeñan funciones fundamentales para el mantenimiento de los ecosistemas.
“Interactúan con un montón de especies, principalmente plantas. Se sabe que gran parte de la polinización a nivel mundial, tanto de plantas que nos interesan a los seres humanos como aquellas que mantienen a los ecosistemas, son interacciones con insectos. Sin estos insectos no tendríamos muchísimas de éstas”. Añade que incluso aquellos insectos considerados plagas cumplen funciones ecológicas importantes al procesar materia orgánica y formar parte de complejas redes de interacción biológica. “Su relevancia es muy fuerte. Son muchos en cantidad de especies y son muchos en cantidad de individuos”.
Sin embargo, la situación actual de los insectos es preocupante. Cisteil Pérez señala que la crisis global de biodiversidad no es una exageración. Las poblaciones de insectos están disminuyendo aceleradamente debido a diversas actividades humanas. La pérdida de hábitats, la urbanización, la contaminación y otros factores antropogénicos están provocando una disminución visible incluso en áreas naturales protegidas. “Está ocurriendo en prácticamente todos los rincones del planeta; se tiene registros de grandes reservas naturales en donde las poblaciones están declinando”.
Morelia no es la excepción. A través de los estudios realizados con luciérnagas, la científica ha identificado distintas oleadas de disminución asociadas al crecimiento urbano desde la década de 1960. Más recientemente, la contaminación lumínica se ha convertido en una de las principales amenazas para estos organismos nocturnos. Las luces artificiales alteran sus sistemas de comunicación y reproducción, provocando un declive constante en sus poblaciones.
Durante los cinco años que lleva formalmente el proyecto, Pérez Hernández ha sido testigo de la transformación y desaparición de diversos sitios donde antes existían poblaciones abundantes. También señala como posibles factores la degradación de los suelos, la pérdida de cuerpos de agua y, en otras regiones, el uso de pesticidas. “Cada año que pasa, cada mes que pasa, si hacemos memoria, hay especies que de repente ya no vemos”.
La desaparición gradual de los insectos tiene, además, una dimensión cultural. Pérez Hernández explica que este fenómeno está relacionado con lo que se conoce como Síndrome de Cambio de Línea de Base, un proceso mediante el cual cada generación considera normal el estado ambiental que conoció durante su infancia.
Explica que las generaciones mayores crecieron jugando entre jardines, observando insectos y reconociendo sus ciclos estacionales. En contraste, muchos niños y jóvenes actuales carecen de esas experiencias debido a cambios en los hábitos de vida y a la reducción de espacios naturales accesibles. Como consecuencia, también disminuye el vínculo emocional con la naturaleza. “No es una cuestión consciente, sino que ya no tienen esta herencia cultural”.
Esa preocupación llevó al nacimiento del proyecto enfocado a la evaluación de la pérdida de luciérnagas en la zona urbanizada de Morelia, señala Cisteil, considerando estrategias de participación ciudadana para su monitoreo y conservación. Así, lo que comenzó como un esfuerzo para documentar las especies presentes en Morelia derivó en una investigación sobre la memoria colectiva y la pérdida de biodiversidad. “Al buscar registros históricos nos dimos cuenta de que existía muy poca información disponible, pero en cambio abundaban los testimonios de personas que recordaban haber visto luciérnagas en lugares donde hoy ya no existen”.
Desde 2022, durante el Tianguis de la Ciencia, el equipo de investigación comenzó a recopilar relatos de personas de todas las edades mediante mapas en los que señalaban sitios donde habían observado luciérnagas a lo largo de su vida. La información permitió reconstruir cambios generacionales en la percepción del entorno natural. Uno de los hallazgos más significativos fue que aproximadamente ocho de cada diez personas menores de 25 años nunca han visto luciérnagas en libertad, aunque sí saben identificarlas gracias a películas, cuentos o caricaturas: “Saben que brillan, porque es su característica más notoria, pero no las han visto en la naturaleza”.
Una orquesta visual y luminosa
Para la investigadora, observar luciérnagas es contemplar millones de años de evolución en acción. Explica que la bioluminiscencia surgió originalmente como una señal de advertencia química para los depredadores. Con el tiempo, evolucionó hasta convertirse en un sofisticado sistema de comunicación. Los destellos que iluminan la noche son, en realidad, mensajes destinados a encontrar pareja y asegurar la reproducción. “Lo que vemos es una especie de código Morse en medio de una danza luminosa con una orquesta visual”.
Y es que cada especie posee un patrón propio de señales luminosas, una especie de lenguaje particular que puede coexistir con el de otras especies en una misma noche. “Es un despliegue del momento más importante de una especie”, señala Cisteil.
La explicación científica del brillo particular de las luciérnagas es tan fascinante como su simbolismo cultural. El fenómeno ocurre gracias a una reacción química entre una sustancia llamada luciferina y el oxígeno, regulada por enzimas que controlan la velocidad e intensidad de los destellos. Sin embargo, más allá de la biología, las luciérnagas han ocupado un lugar especial en la imaginación humana, según refiere la investigadora. En Japón y otros países de Asia oriental han sido protagonistas de tradiciones comunitarias ligadas a la contemplación de la naturaleza. En México, distintos pueblos indígenas las han asociado con la salud de los bosques, la fertilidad de la tierra o relatos míticos relacionados con la luz y la vida.
La relevancia de los estudios sobre las luciérnagas es aún mayor si se considera que hasta hace pocos años sólo existían registros de dos especies para Morelia. Gracias al trabajo realizado en más de treinta localidades, el número de especies documentadas se elevó a 27 (en todo México hay 310). Algunas resultan extremadamente raras y presentan distribuciones muy restringidas, mientras que otras han logrado adaptarse a ciertos ambientes urbanos.
Cisteil pone como ejemplo el caso de la Universidad Latina de América (UNLA), donde hay una especie que se descubrió en Jalisco en los años 90 y solamente se encuentra en una pequeña mancha de árboles dentro de la institución educativa localizada en Manantiales. “Es el único lugar donde la hemos encontrado entre mayo y junio, son más o menos tres o cuatro semanas que está y es todo lo que sabemos de ella”.
Otras especies son más abundantes, según señala. “La especie Photinus Zuritaique es crepuscular, no le molesta tanto la contaminación hídrica y es la que vemos en algunos fraccionamientos que están cerca de Ciudad Universitaria, en las propias instalaciones universitarias, el Panteón Municipal y otros sitios de la mancha urbana en los que uno no creería que hay luciérnagas”.
Por ello es que considera a las luciérnagas excelentes bioindicadoras. “Si nos damos cuenta, su presencia requiere ambientes sanos, con suelos conservados, agua limpia, aire puro, vegetación adecuada, oscuridad natural y bajos niveles de ruido. En otras palabras, las mismas condiciones que favorecen la calidad de vida de las personas. Todo eso se está perdiendo mucho en las ciudades”, señala la bióloga.
Observación de luciérnagas
La divulgación científica es otro componente fundamental de su trabajo. A través de talleres, capacitaciones y actividades comunitarias, busca sensibilizar a la población sobre la importancia de las luciérnagas y de los insectos en general. Como representante para México y Centroamérica de un grupo internacional de observadores de luciérnagas, participa activamente en la organización del Día Mundial de las Luciérnagas, celebrado cada primer fin de semana de julio. En Morelia, una de las sedes principales de esta celebración es el Jardín Botánico de la UMSNH, donde se realizan recorridos y actividades educativas sin fines de lucro.
La temporada de observación en Morelia comienza generalmente a mediados de mayo y se extiende hasta agosto, aunque algunas especies pueden verse desde marzo o permanecer activas hasta septiembre.
Una parte importante de la visión interdisciplinaria se refleja en su participación en el Cúmulo de Tesla, un colectivo de arte y ciencia integrado principalmente por mujeres provenientes de disciplinas como la literatura, la poesía, las artes visuales, la física y la astrobiología. Desde este espacio han desarrollado proyectos que exploran las conexiones entre la creación artística y el conocimiento científico, incluyendo publicaciones, exposiciones y propuestas de divulgación inspiradas en la observación de la naturaleza.
Finalmente, la investigadora invita a la ciudadanía a mantenerse informada y participar en las actividades de sensibilización que se realizan alrededor del Día Mundial de las Luciérnagas. A través de estos esfuerzos busca no sólo compartir conocimiento científico, sino también recuperar la memoria colectiva de los paisajes naturales y promover acciones que contribuyan a evitar la desaparición de las luciérnagas y de muchos otros insectos que sostienen silenciosamente la vida en el planeta.
Víctor Rodríguez, comunicólogo, diseñador gráfico y periodista cultural.