Javier tiene 60 años y más de la mitad de su vida la ha dedicado a fabricar changuitos bailarines. Recorre el Centro Histórico de Morelia vendiendo marionetas de resortes y peluche que él mismo crea y hace bailar con apenas mover un hilo.
Asaid Castro/ACG
Morelia, Mich. | Asaid Castro/ACG.- Entre los pasos apresurados del Centro Histórico de Morelia, vendedores ambulantes, turistas y el ruido constante de los camiones, Javier Urbano Zárate avanza despacio con su muleta, cargando un ramo de changuitos y gallitos bailarines.
Viste una guayabera azul, sombrero purépecha y lleva colgados sobre el pecho decenas de muñecos de colores que brincan junto con su caminar. Apenas comienza a mover uno de los hilos, las figuras parecen cobrar vida y más de una persona gira la cabeza para verlo pasar.
Tiene 60 años y una facilidad natural para conversar. Sonríe constantemente, hace bromas, camina con sus muñecos y se detiene cada vez que alguien pregunta por ellos. A simple vista parece más un personaje salido de alguna feria patronal que un vendedor ambulante. Él mismo reconoce que llamar la atención forma parte de su trabajo, aunque también de su personalidad.
«Hace muchos años había un personaje que yo veía de niño, le decían “El Empanaditas”. Me cautivó mucho su vestimenta purépecha, parecía uno de esos viejitos danzantes y vendía aquí por el centro. Yo tendría unos cinco años cuando lo vi y me impresionó muchísimo. Después mi mamá me regaló una calaverita de barro de Capula con resortitos y ahí fue cuando tuve mi primer contacto con un juguete regional. Ya con el tiempo empecé a hacer changuitos», recuerda mientras acomoda uno de los muñecos que cuelga de su brazo.
Javier asegura que lleva más de 30 años dedicándose a fabricar sus propias marionetas. Los gallitos los arma con resortes de alambre galvanizado, esponja y tela de peluche. Los changuitos, siguen la misma formula, y esos, a penas son una parte de sus personajes, pues ha creado más de 100.
Dice que él no se considera artesano, sino creador de curiosidades, aunque reconoce que gran parte de su inspiración proviene del folclor mexicano y de los viajes que ha realizado por distintas ferias y fiestas patronales.
Los juguetes que sobreviven entre pantallas
En una época donde los juguetes electrónicos dominan los aparadores y los teléfonos celulares entretienen a los niños desde edades tempranas, Javier todavía vende muñecos que funcionan apenas con un hilo y el movimiento de las manos. Sus changuitos bailan, brincan y se balancean frente a la mirada de los pequeños, muchos de los cuales nunca habían visto una marioneta semejante.
Dice que constantemente escucha comentarios de adultos sorprendidos porque sus hijos se entretienen con algo tan sencillo. Incluso recuerda a un niño que le preguntó dónde estaba el botón para prender y apagar el changuito.
«Le dije: “¿Cuál botón?”. Y el niño me respondió: “Pues donde lo prende”. Le expliqué que nada más era el hilito y le dio muchísima risa. Ahora los juguetes son de pilas o pura tecnología, pero todavía hay niños y también papás que se quedan fascinados viendo cómo bailan los muñecos», relata entre carcajadas.
Mientras habla, mueve un gallito Bartolito que abre y cierra las alas con cada tirón. Explica que los personajes van cambiando conforme avanzan las modas y que él mismo se adapta a lo que piden los niños. Antes hacía más personajes clásicos, luego vinieron las Tortugas Ninja, Cepillín, Cantinflas y caricaturas estadounidenses. Hoy, el más solicitado es precisamente Bartolito, y después va con Sonic.
«Uno tiene que renovarse o morir. Los niños ven personajes nuevos y uno también se tiene que adaptar. Ahorita el mero de moda es el gallito Bartolito y es el que más me piden. Pero también tengo muchísimos otros personajes. Entre mis títeres y muñecos debo traer alrededor de 150», cuenta orgulloso.
Aunque gran parte de sus ventas ocurren en Morelia, Javier asegura que las fiestas patronales son su temporada más fuerte. Recorre municipios, carnavales y ferias donde convive con otros jugueteros y artesanos del país. Ahí intercambian piezas, ideas y materiales. Habla de esos encuentros como si fueran reuniones entre viejos conocidos que sobreviven en medio de un oficio cada vez menos común.
«Qué tristeza que ya muchas cosas de Quiroga y de otros lados ya no se fabrican como antes. Hay poca gente haciendo trompos, yoyos o matatenas. Yo todavía voy a muchas ferias y ahí nos encontramos los que seguimos haciendo curiosidades. Nos intercambiamos piezas, ideas o personajes. Así es como uno aprende también», explica.
Changuitos de Morelia hasta Texas
Javier cuenta que hace poco algunos de sus changuitos llegaron hasta San Antonio, Texas. Unas personas compraron cerca de 50 piezas para llevarlas a una fiesta infantil y, según le dijeron después, sus muñecos terminaron siendo los más populares del evento.
«Llevaron piñatas de Capula, juguetes de Quiroga y muchas cosas mexicanas, pero me dijeron que mis changuitos fueron los que arrasaron allá en San Antonio. Hasta preguntaron en el aeropuerto si podían pasar las piezas y sí las dejaron. Imagínese, changuitos de Morelia hasta Texas», dice sonriendo con evidente orgullo.
Asegura que gracias a sus muñecos logró sacar adelante a sus hijos y también conocer distintos lugares del país. Aunque no tiene un taller formal, sí cuenta con un espacio donde fabrica por series cada pieza. Calcula que un changuito puede tomarle alrededor de diez minutos, aunque casi nunca mide el tiempo porque trabaja entre pausas, viajes y encargos.
Normalmente se instala en la avenida Siervo de la Nación, afuera de las instalaciones de la Secretaría de Educación, donde maestros, padres de familia y visitantes de distintos municipios suelen comprarle muñecos o sugerirle nuevos personajes. Ahí ya es conocido por sus sombreros y por cargar siempre un montón de marionetas coloridas.
«La sociedad es noble. A veces la gente dice que el juguete le va a durar cinco minutos al niño, pero luego resulta que lo cuidan muchísimo. Un señor me dijo que su hijo duró diez años con el changuito colgado, que jugaba con él y luego lo volvía a poner en su lugar. Eso deja un buen sabor de boca porque uno siente que sí valoran lo que hace», comenta.
Javier sonríe, acomoda su sombrero y sigue avanzando entre las calles de Morelia con su muleta, todavía convencido de que un changuito de resortes puede seguir sorprendiendo a cualquiera.
