Existe el debate sobre si el fútbol es arte o no. Que si basta con la emoción, la técnica, la estética del juego para llamarlo así… El cuestionamiento sigue abierto, pero este Día del Niño, en el Centro Cultural Clavijero, la discusión tomó otra forma, el fútbol y el arte ocurrieron al mismo tiempo, en el mismo lugar, cruzándose sin pedir permiso.
El patio estaba tomado por una portería inflable enorme, de esas que no pasan desapercibidas. Ahí, las niñeces se turnaban entre meter golazos y comerse uno que otro taponazo directo a la cara (parte del juego, parte de la infancia) El balón iba y venía, girando sobre sí mismo, repitiendo ese patrón de siempre: hexágonos y pentágonos en los que casi nadie piensa, pero que todos reconocen. Era una de las estaciones, como parte del día del niño de la mano del Mundialito Escolar 2026, una dinámica pensada para fomentar actividad física, trabajo en equipo y convivencia desde lo lúdico, y claro, en esta ocasión, celebrar a los niños, no solo era patear un balón: también había mesas donde intervenían pelotas de unicel, pequeños retos, circuitos. Todo girando alrededor del fútbol como lenguaje común.
Y, entre todo eso, sin separarse, aparecían otras versiones del mismo objeto: balones, jerseys y figuras intervenidas con chaquira integradas a la exposición La Pasión nos Une. Ya no estaban para jugarse, sino para detenerse. Para verlos de cerca. Para mirar, ahora sí, cada forma.
Las 23 piezas del artista César Menchaca no se entienden como obra individual. Él mismo lo deja claro: esto no es solo suyo. Es un trabajo colectivo que busca visibilizar el talento de comunidades originarias, principalmente wixárikas, que son quienes construyen cada pieza a mano. Cada cuenta colocada tiene un sentido, una carga simbólica: el peyote como sabiduría, el venado como guía, el maíz como abundancia. Y ahí es donde entra su propuesta: tomar algo tan universal como el fútbol y usarlo como puente para que esas historias se vean, se acerquen, se entiendan desde otro lugar.
Y ahí es donde todo se acomoda. Mientras unos seguían corriendo detrás de la pelota, otros se detenían a ver cómo esa misma forma podía contar algo más. No hubo que elegir entre jugar o contemplar. Ese día, el fútbol no dejó de ser juego, pero tampoco se quedó solo en eso. Y sin resolver del todo la pregunta, algo quedó claro: cuando el arte lo atraviesa, el partido se juega distinto.
