El derecho a disfrutar de un concierto (porque si, es un derecho) también debería sentirse bien desde antes de entrar. Pero aquí, antes de la música, tocó la prueba: aguantar el sol, cuidar tu lugar, medir la paciencia. Como si lo «gratuito» trajera escondida una condición no escrita: aguantar…
No era la fila virtual de Ticketmaster, se queda corta, muy corta, con todo y sus fallas, te marca un ritmo, una idea de avance. Aquí no. El tiempo se iba quedando en el cuerpo: en el sol, en las piernas, en la incertidumbre de no saber si realmente estabas más cerca.
Desde temprano —horas antes de que iniciara el canje— la fila ya rodeaba el estadio. Era para conseguir boletos del concierto de Marco Antonio Solís, anunciado como parte de los festejos por el Día de las Madres. La dinámica: entregar paquetes de pañales a cambio de entradas.
La fila estaba ahí, imposible de ignorar. Rodeaba el estadio, se doblaba en las esquinas y avanzaba a ratos, sin ritmo claro. No había sombra suficiente ni señal clara de por dónde empezaba o terminaba. Solo gente ocupando su lugar como podía, marcándolo con el cuerpo.
Al inicio, el ambiente alcanzaba para otra cosa.
Señoras cantando bajito canciones del Buki, grupos haciendo plática con quien se dejara, hijos acompañando a sus mamás como parte del plan. Había algo de antesala, de emoción contenida.
Una señora, llegada desde Ixtapa, lo dijo sin filtro: quería verlo “aunque fuera una vez en la vida”. Luego, entre risas, soltó que hasta pedía “una noche con él”. No era chiste completo. Era de esas ganas que justifican la espera.
Pero el ánimo es frágil.
Bastaron un par de horas bajo el sol del mediodía para que cambiara el tono.
El “¿sí avanza?” empezó a repetirse más seguido.
Luego vinieron los reclamos.
El “permíteme tantito” ya no sonaba igual.
Porque mientras la gente intentaba sostener el buen ambiente, la organización no alcanzaba.
A lo largo de la fila se veían algunos policías y personal de apoyo, pero dispersos, sin control real. La fila dejaba de ser una sola: se abría, se rompía, se armaba por tramos.
Las quejas empezaron a coincidir: no avanzaba porque había gente colándose.
No solo quienes intentaban meterse “poquito”, sino quienes —según denunciaban los mismos asistentes— apartaban lugares para después venderlos. Espacios en la fila convertidos en negocio.
Y alrededor, otra dinámica: la venta.
Puestos improvisados, botellas de agua, y sobre todo pañales. De todos los tamaños. Algunos ya llegaban con ellos; otros los compraban ahí mismo para poder participar en el canje. La fila no solo avanzaba: también consumía.
Ante la falta de orden claro, la gente hizo lo que pudo.
Se organizaron entre ellos, se avisaban, se cuidaban el turno, señalaban abusos. A veces funcionaba. A veces no. Porque cuando el calor aprieta y el cansancio se acumula, cualquier roce escala.
Aun así, la mayoría seguía ahí por algo muy concreto: quería estar.
Porque el derecho a la música también existe, aunque no siempre se nombre así. Porque recrearse, salir de la rutina, regalarle a una mamá una noche distinta, también importa.
Y eso es lo que sostenía la fila.
Estos eventos —organizados por autoridades como parte de celebraciones públicas— suelen moverse en ese equilibrio raro: acercan espectáculos a quienes difícilmente pagarían un boleto, generan convivencia, activan espacios. Pero también cargan otra capa: la política.
Porque en el intento de celebrar, también se capitaliza la imagen, se vuelve gesto público, vitrina. Y ahí, entre lo que se da y lo que se muestra, se repiten las fallas: logística rebasada, tiempos mal medidos, experiencias que dependen más de la resistencia de la gente que de la planeación.
Aquí no fue distinto.
Hubo aciertos.
Una fila especial para personas con discapacidad y adultos mayores que avanzaba más rápido. Un intento de no hacerlos pasar horas bajo el sol.
Pero el problema venía después.
Al llegar al canje, varios recibían boletos en zona general, de pie. Adultos mayores. Personas que claramente no están para aguantar todo el concierto así.
Es decir: se pensó en que no esperaran tanto… pero no en cómo iban a vivir el evento.
La inclusión, otra vez, a medias.
Y mientras tanto, otro fenómeno ya empezaba a asomarse: la reventa.
Boletos que, aun siendo obtenidos mediante canje, comenzaban a circular con precio. Una dinámica conocida que vuelve a aparecer, incluso en lo que se anuncia como gratuito.
Este primer día se entregaron alrededor de 15 mil boletos de los 50 mil contemplados. Sin embargo, la disponibilidad física se agotó antes del horario anunciado para el canje, dejando a personas que llevaban horas formadas sin acceso. El proceso continuará…
Porque al final no se trata de si “vale la pena” o no.
Se trata de cómo se hacen las cosas. De entender que lo gratuito no debería implicar desgaste innecesario. Que el acceso a la cultura, a la música, al ocio, también tendría que ser digno.
La fila avanzó como pudo. Entre momentos de risa, reclamos y silencios largos bajo el sol.
Y aun así, la mayoría no se fue.
Porque había algo más fuerte que el cansancio: las ganas.
En fin, feliz Día de las Madres.
