En el marco de su más reciente exposición, conversamos con el artista oaxaqueño Damián Lescas sobre su formación en la cooperación comunitaria, el valor del oficio y un legado plástico pensado desde y para la colectividad

Conocí a Damián Lescas en persona hace apenas un par de meses; sin embargo, su producción artística ya resonaba en mí desde hacía más de cuatro años, al escucharlo transitar por el microcosmos del gremio cultural de Morelia. En los espacios independientes que frecuentaba —e incluso en El Café de Allende, un proyecto que emprendí con mi pareja—, contábamos con su catálogo, sus termos y algunas de sus estampas. Aún sin conocerme en persona, él compartía generosamente su merch a consignación. Si recorres los espacios de difusión cultural de la ciudad, es muy seguro que te encuentres con la presencia de Lescas: alguien que, siempre entusiasta y amigable, extiende su colaboración con estos proyectos.

Lescas es portador, y difunde un legado artístico que aprendió en su tierra Oaxaca capital, de la mano de donde nacen grandes maestros y un gran movimiento, como el de Rufino Tamayo o el mismo Francisco Toledo. Aprendió las artes plásticas, sus técnicas y su historia, educó su curiosidad, aprendió lo más importante, el valor social del arte mismo, un arte para compartir – el arte solo es una excusa para coincidir, aprender, compartir y disfrutar– en palabras de Felipe Ehrenberg (1943, CDMX – 2017, Cuernavaca, Mor.)

Hoy tras un breve encuentro en el Taller de Gráfica Errante de la uruapense Geraldine Guillén, nos encontramos en proyectos en conjunto, las exposiciones son nuestro mejor pretexto que fragua amistad. En el mes de julio se llevaron a cabo grandes actividades, un conversatorio y una exposición individual, ambas en donde el protagonista era Damián Lescas. Una amistad de compartir experiencias, pero sobre todo, de aprender de un gran artista y ser humano.

Una bitácora de colaboración con el artista en el mes de julio

Hoy en día la presencia de Lescas se presenta generosa en la ciudad, le vi recientemente el viernes 24 en el opening de la Galería The Last Supper que encabezan Fanny Valencia, Ramón Carrasco y César Cuazitl, quienes lo integran en su oferta en este espacio espléndido de la zona de la Loma de Santa María de Guido.

El pasado 08 de julio, fue invitado en el Centro Cultural Clavijero, para arrancar un programa de jornadas académicas y de divulgación de la gráfica en el marco de la exposición “Dialécticas Surrealistas. Una mirada al surrealismo desde la Colección Toledo” curaduría de Ariel Miranda; acervo que pertenece al Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca y  que se puede ver en la ciudad de Morelia gracias al auspicio de la Fundación Francisco Toledo A.C.; colección integrada a través de 55 piezas de grandes firmas como: Remedios Varo, Leonora Carrington, Goya, Man Ray, Max Erns, Juan O´Gorman, Salvador Dalí, Alan Glass, Joan Miró, Alice Rahón, Marc Chagall, Wifredo Lam, Rodolfo Morales, José Clemente Orozco, Alberto  Giacometti, Alberto Gironella, todas ellas grandes firmas, pero más aún, un acervo del que el artista oaxaqueño es erudito, que conoce de primera mano y con quien verdaderamente tuvimos un grato encuentro en dialogar sobre las técnicas del grabado y su importancia en la historia del arte mexicano. En esa charla tuvimos una magistral clase referente a los talleres, técnicas, tecnología, pero especialmente grandes anécdotas que mantuvieron a los asistentes expectantes sobre las enseñanzas del artista.

Finalmente, el 18 de este mes de julio, colaboré con Lescas en una pequeña museografía, junto a su pareja Lorena y su perrhijo “Glycos”, en la Galería del Callejón, donde presentó una curaduría a la medida, la que tituló “Conjuros de calicanto”. Dentro de este espacio conversamos y esto fue lo que nos compartió el artista.

¿Quién es Damián Lescas?

Bueno, pesa un poco hablar de esto, pero pues nací en el 1974, en Oaxaca. Siempre he usado mi nombre para identificarme como artista. Siempre me conocieron como Lescas en la escuela desde el kínder, y hasta la fecha, ¿no? Sigo firmando como Lescas la obra. Y es un apellido muy de allá de Oaxaca. Estudié música y pintura en la Escuela de Bellas Artes. Fue un periodo relativamente corto, tres años. Después de ahí dejo la escuela para empezar a hacer un poco de investigación. Me gustó siempre el grabado. Lo hice de manera casi autodidacta, aunque es muy difícil ser autodidacta en una materia tan compleja y tan amplia como la gráfica. Más tarde nos explicó los porqués.

Damian Lescas, reconoce que descubrió un universo único en las técnicas del grabado, donde hoy día no ha dejado de aprender, disciplina que lleva con sumo cuidado, que no deja de sorprenderle lo rico que es la búsqueda y dominio de esta técnica: Necesitas estar en la praxis constante, ir a los talleres, empezar chalaneando, aprender a elegir las placas, conocer los materiales, los solventes, los trucos. Entonces, eso requiere mucha alquimia, ¿no? Mucho trabajo de pues eh mucho oficio, sobre todo oficio. Entonces, pues eh curiosamente yo llego a la pintura primero grabando, y eso quizás me ayudó a resolver cosas más adelante en la maduración de la pintura, que no se termina, obviamente; sigo experimentando. Es muy difícil llegar a decir: "¡Soy pintor!", o "¡Soy escultor!". No se termina nunca. Hay cosas que todavía no puedo resolver en la técnica del óleo, o en las mixtas, o en los encáusticos, por ejemplo. Donde también se suele grabar, se suele rayar, hacer esgrafiados. Yo creo que el grabado me ayudó a resolver muchos de estos, pues no que sea problema, sino que son retos que vas enfrentando en la obra, ¿no? Nunca, nunca hay problemas en el arte, solo retos.

Yo te percibo como un artista nato. Eres en realidad un artista consolidado ahora, en toda la extensión de la palabra. Pero tú, ¿cómo recuerdas tu acercamiento con el arte? O sea, ¿desde cuándo Damián Lescas es artista?

Efectivamente tienes razón en lo de tener antecedentes como artista desde la infancia, desde los primeros años. Pero yo creo que todos los niños, en cierta forma, tienen esa iluminación en esa edad. Tienen espíritu y alma de artistas; están libres, están abiertos de su mente, todo es posible, y sobre todo que tienen el juego. He sido siempre constante. O sea, el niño juega. Y es algo que vamos perdiendo conforme crecemos. La madurez nos llena a veces de miedos, de frustraciones. El adulto es muy fácil que se frustre. Y el niño, bueno, pues como está jugando pasa nada y sigue, ¿no? Hay mucha inventiva. Quizás desde ahí haya habido algo. Yo pienso que a todos les ha pasado eso; artistas y no artistas han tenido esa etapa. Y ya pues el destino te lleva a veces a vivir de esto o a tomarlo ya de manera como un oficio, como un trabajo.

Hace poco nos mencionabas estos personajes relevantes en el arte de Oaxaca. ¿Quiénes dirías que son tus grandes maestros en la vida?

Estando en Oaxaca se dio un movimiento artístico muy interesante. El hecho de que ahí hayan nacido figuras como Rufino Tamayo o Rodolfo Nieto —que es uno de mis favoritos— y la presencia determinante del maestro Francisco Toledo marcaron un hito. Su trabajo social y su faceta altruista nos ayudaron enormemente.

Recuerdo que cuando entré a la Escuela de Bellas Artes y consultaba en la biblioteca, la bibliografía era muy limitada; a veces los maestros despertaban el interés por profundizar en ciertos temas, pero los textos eran casi imposibles de conseguir. Afortunadamente, entre 1988 y 1990, cuando se creó el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO), el maestro Toledo ya reunía fácil cerca de 10,000 libros. Decidió abrir el IAGO en lo que había sido su propia casa e inició un dinamismo tremendo: intercambiaba su obra por libros y piezas de arte que nunca se habían expuesto en Oaxaca —y que hoy, por fortuna, Morelia exhibe en el Centro Cultural Clavijero—.

Para nosotros, esa fue la verdadera escuela. Íbamos todas las tardes a leer y consultar; había secciones muy amplias de gráfica, arquitectura y literatura. Por si fuera poco, el maestro abrió una fonoteca adjunta con libros de música, audios y partituras. Teníamos todo a disposición.

Eso nos abrió el horizonte y despertó la inquietud de viajar, algo que también fue decisivo. Empecé a viajar muy joven, a los 17 años: Europa, el Norte de África y el Medio Oriente, que me atraía muchísimo. De joven tal vez lo ves como una aventura mochilera sin medir la dimensión, pero con los años vas aterrizando todo. Esos recuerdos alimentan mi escritura y mi pintura actual.

Por eso, a las nuevas generaciones les sugiero que no tengan miedo de salir y viajar. A veces hay que pausar las aulas. Algunos se preocupan por mantener un promedio o seguir una trayectoria estricta, pero cuando tienes la suerte de que te reciban en un taller o encuentras maestros que se vuelven tus amigos, la escuela real está al alcance de tus manos. Eso me alejó de la academia tradicional: a los tres años ya no regresé y decidí seguir viajando hasta la fecha.

Quisiera que nos contaras un poquito del universo de Damián Lescas. ¿Cuáles son los elementos recurrentes? ¿Cuáles son tus temas con los que se conceptualiza tu trabajo?

Existen temas muy recurrentes en mi trabajo, como la música y las series basadas en obras literarias —“Fausto” o “El Quijote”, por ejemplo, que siempre me han fascinado—. Por años he abordado estas temáticas, a veces de forma esporádica y en otras ocasiones concentrándome en series completas de gráfica. También he ilustrado ensayos para amigos escritores y colaborado en suplementos culturales en la Ciudad de México y Guadalajara.

Nunca me he desprendido del vínculo con otras disciplinas. Creo que es imposible que la danza se desentienda de la pintura, o que la música esté desconectada de la arquitectura. Todas las bellas artes pertenecen al mismo universo y obedecen a una misma lógica; en sus contenidos y lenguajes existen grandes coincidencias que les permiten cohabitar.

Un ejemplo claro es la obra de Renzo Piano, Auditorio del Parco en L'Aquila, Italia, un auditorio donde él, como arquitecto y apasionado de la música, supo conectar la magia de la matemática musical con la arquitectura. Mucha de la obra que presento hoy surge de ese diálogo y está estrechamente relacionada con la literatura.

 ¿Háblanos de la exposición que abordamos actualmente, qué tienes preparado para ofrecer a los visitantes de esta casa colonial?

La exposición se titula Conjuros de calicanto. El concepto nace de la invitación de María Luisa Romero (propietaria de Casa Romero) y de la historia sobre cómo rescataron esta casa monumental. Al escuchar cómo evocaba los recuerdos de su infancia, a sus tías abuelas y a su abuela habitando este espacio, surgió la idea del "conjuro": una forma de invocar esa memoria y devolverle su historia a la casa a través del arte.

El término "calicanto" hace referencia a la técnica constructiva tradicional —como la que vemos aquí en la librería “El Colegio Invisible”—, hecha a base de sillares de piedra unidos por argamasa, que es precisamente la estructura de esta finca. Unir la piedra con la idea del conjuro fue el pretexto perfecto para generar esa magia, un encantamiento que transforma la nostalgia en una evocación plástica.

Hoy con 52 años, Damián es una persona con un enorme carisma, junto a su pareja son excelentes cocineros, conversadores y anfitriones; se expresa siempre convencido de que donde quiera que esté, se puede y se debe regenerar un movimiento artístico, un colectivo que trabaje para todos, como aquel que vio surgir en su tierra natal y convertirle en un epicentro mundial del arte mexicano. Salud con mezcal oaxaqueño.

José Roberto Morales Ochoa, agente cultural, con especialidad en museografía, museos y centros culturales.

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