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DESPLAZADOS, LOS PUEBLOS FANTASMAS DE APATZINGÁN | PARTE II

El Guayabo: entre vestigios de balas, drones y minas

Una comunidad donde las casas que todavía recuerdan las balas

Apatzingán, Michoacán.- El Guayabo no parece un pueblo abandonado, parece un pueblo suspendido; como si la vida hubiera decidido detenerse de golpe una tarde cualquiera y desde entonces sólo permanecieran las cosas incapaces de huir: las bardas perforadas, las ventanas rotas, las puertas cerradas y el sol quemando las calles donde hace tiempo dejaron de escucharse las voces de los niños.

Quienes permanecen no hablan de resistencia, hablan de necesidad. Permanecer no es un acto de valentía, sino la única manera que conocen de no perder la vida que construyeron durante décadas. En esta comunidad, irse también significa morir…, un poco.

«Aquí aprendimos a distinguir el sonido de la muerte»

En El Guayabo las historias no se cuentan de corrido, se detienen cuando alguien recuerda un nombre, cuando una mirada se pierde hacia los cerros o cuando un estruendo lejano obliga a guardar silencio.

Los testimonios aparecen entre pausas largas, como si cada palabra tuviera que pedir permiso para salir de un pueblo donde hablar sigue siendo un riesgo.

«Las balaceras son todos los días. Ya hasta sabemos cuándo son cerca y cuándo son lejos por el sonido», dice uno de los habitantes.

No levanta la voz porque en este lugar nadie necesita exagerar el miedo, basta con señalar las fachadas agujereadas por las balas para explicar lo que ocurre.

Otra mujer recuerda que los drones comenzaron a cambiarles la vida. «Cuando escuchamos el zumbido ya sabemos que hay que correr. Antes uno volteaba para arriba por curiosidad; ahora lo hace para ver si todavía tiene tiempo de esconderse», relata.

Los aparatos sobrevuelan la localidad y, según los pobladores, en más de una ocasión han dejado caer explosivos sobre los cerros y las brechas que rodean la comunidad.

Las minas terrestres terminaron por romper la última certeza que quedaba: la de caminar. «Ya no sabemos dónde pisar. Antes el miedo era a que nos encontraran; ahora también es al suelo», resume un campesino que dejó de sembrar parte de sus parcelas porque el trayecto hacia ellas se volvió una apuesta contra la muerte. La tierra que durante generaciones alimentó a las familias hoy es también una amenaza.

Muchos se marcharon cuando los enfrentamientos comenzaron a repetirse con mayor intensidad; otros permanecieron porque no encontraron otro sitio adónde ir o porque abandonar el pueblo significaba perder la única herencia que poseen.

«¿A dónde nos vamos? Aquí está la casita, aquí están los animalitos, aquí están enterrados nuestros padres. Si nos vamos, ¿con qué empezamos otra vez?», pregunta una mujer sin esperar respuesta.

Quienes decidieron quedarse viven con una rutina hecha de sobresaltos, pues hay días en que las puertas permanecen cerradas desde temprano y las ventanas apenas se entreabren para mirar el camino.

Cuando las ráfagas estallan en los cerros, los pocos niños que aún permanecen en la localidad dejan el juego y los adultos buscan el rincón más seguro de la vivienda, como si cada casa hubiera aprendido a convertirse, por unos minutos, en refugio improvisado.

La comunidad también habla del abandono. No lo hace con discursos, sino con escenas cotidianas: la escuela que suspende clases, los enfermos que esperan durante horas una oportunidad para salir, los productores que dejan perder las cosechas y las familias que sobreviven entre despensas y ayuda humanitaria.

«Aquí ya no vivimos; aquí resistimos», sentencia un habitante mientras contempla un pueblo donde el silencio pesa casi tanto como el eco de las armas.

Las paredes son memoria de una guerra no declarada

Las primeras en contar la historia son las casas. Ninguna necesita palabras, sus fachadas aparecen agujereadas por ráfagas de fusil.

Algunas conservan los impactos abiertos como heridas que el tiempo se negó a cerrar y otras intentaron ocultarlos bajo una capa de cemento, aunque basta acercarse para descubrir que debajo del yeso siguen latiendo los disparos.

En varias viviendas ni siquiera los interiores escaparon de la violencia; las balas atravesaron ventanas, habitaciones y cocinas, dejando la impresión de que la guerra decidió entrar sin pedir permiso.

Sobre algunos techos permanecen boquetes irregulares y no, no fue causado por lluvias en una región de Michoacán donde el sol asfixia; fueron drones cargados con explosivos lanzados por el crimen organizado.

En el recorrido, el equipo de trabajo periodístico comenta entre sí: «Documenté como unas diez casas con disparos. y muchos techos con los huecos de los dronazos». Aquí la arquitectura dejó de proteger y ahora únicamente conserva memoria.

«Si me voy, pierdo todo»

La guerra ya expulsó a más de la mitad del pueblo. Donde antes vivían más de trescientas personas hoy apenas resisten unas cuantas familias. Las demás cerraron la puerta por última vez sin saber si algún día volverán a cruzarla.

Los que permanecen no ignoran el peligro, simplemente hicieron cuentas y descubrieron que el desarraigo también tiene un costo imposible de pagar.

«La gente está muy espantada, pero dice: ‘No me voy porque es perder todo mi patrimonio'», reflexionan los integrantes del equipo periodístico que documentó el recorrido.

Las huertas representan años de trabajo y las casas fueron levantadas ladrillo por ladrillo. Algunos animales siguen ahí y el miedo a perderlo todo es más fuerte que el temor a ser víctima de un dron explosivo, una mina, o el fuego cruzado entre los cárteles que se disputan el territorio, por eso algunos decidieron quedarse, no porque crean que estarán seguros, sino porque abandonar la tierra significaría regalarle al miedo la única herencia que todavía conservan.

Las minas que aprendieron a esconderse

En El Guayabo el peligro no siempre se escucha, permanece enterrado. Las minas son casi invisibles hasta el instante en que explotan.

Los cables negros se confunden con la tierra húmeda, con las raíces secas y con el pasto. Basta un paso equivocado para convertir un camino cotidiano en el último recorrido de cualquier habitante.

Los propios militares instalados en la escuela del pueblo mostraron fotografías de esos artefactos. Entonces confirmamos que el extraño artefacto hallado horas antes entre las huertas de El Morado era exactamente igual.

«Nos enseñó unas fotos de las minas, eran igualitas a las que encontramos en El Morado. Están muy escondidas y muy imperceptibles», comenta entre sí el equipo de periodistas que realizan el recorrido.

En el pueblo vive un hombre que conoció esa verdad demasiado tarde: Enrique Anaya. Su familia tuvo que cargarlo durante kilómetros hasta Apatzingán porque ninguna ambulancia llegó por él.

Tampoco recibió apoyo oficial después del ataque. La guerra le dejó cicatrices; el abandono institucional terminó por convertirlas en permanentes.

La escuela donde ya no estudian niños

La escuela ya no sigue abierta, dejo su función esencial: enseñar. Los pupitres fueron desplazados por catres militares; los patios donde antes corrían los alumnos ahora sirven para estacionar vehículos tácticos; los salones dejaron de escuchar el dictado de los maestros para acostumbrarse al sonido metálico de los fusiles.

La guerra también cambió el significado de la palabra escuela. Ahora funciona como refugio para soldados que tampoco parecen sentirse seguros.

Los habitantes cuentan que incluso esas bases son blanco de drones y ataques armados. Los uniformados viven atrincherados detrás de los mismos muros donde antes los niños aprendían a escribir su nombre.

El camino que ni los soldados quieren recorrer

La intención era continuar hacia El Alcalde. No fue posible. La regidora Carmen Zepeda Ontiveros pidió que la Base de Operaciones Interinstitucionales escoltara el trayecto por el camino donde constantemente se localizan minas. La respuesta fue un no rotundo.

Los militares explicaron que tampoco ellos podían avanzar por esa ruta y propusieron un camino alterno entre los cerros, pero hicieron una advertencia que parecía una elección entre distintas formas de morir: por el camino principal había minas; por el de la sierra operaban francotiradores.

«Nos dijeron: ‘Por ahí no podemos ir’. La regidora insistió y la mandaron a la chingada», recuerda uno de los periodistas presentes y en ese instante quedó claro que la autoridad también había aprendido a rodear el miedo.

Mientras los habitantes siguen cruzando esas brechas para conseguir comida, medicinas o regresar a sus casas, quienes deberían garantizarles el paso seguro simplemente optaron por no pasar, porque en El Guayabo hay caminos donde la violencia manda más que el Estado, y donde hasta los soldados aceptan, en silencio, que hay territorios que ya no les pertenecen.

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