Ek equilibra la investigación de alto nivel con una divulgación apasionada: pláticas con niños y niñas, artículos, talleres
Víctor E. Rodríguez Méndez, colaborador La Voz de Michoacán
Ek del Val de Gortari es una científica mexicana que disecciona el mundo biológico con rigor académico, a la vez que lo abraza desde una curiosidad infantil que no se ha apagado —como la luz de las luciérnagas que tanto admira—.
Durante la entrevista no oculta la emoción y el interés por hablar de su trabajo. Bióloga por la Facultad de Ciencias de la UNAM y doctora en Ecología por el Imperial College de Londres, su trayectoria la ha llevado a ser investigadora titular en el Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad (IIES) de la UNAM, con sede en el Campus Morelia, donde también imparte clases en la ENES Morelia con una certeza a cuestas: si dejamos espacio y escuchamos, la vida encuentra el camino de regreso.
Su extenso trabajo se centra en las interacciones bióticas en hábitats alterados, en la restauración ecológica y en el estudio de invasiones biológicas, temas que aborda con una mirada que une la precisión científica al compromiso ético con el territorio mexicano y michoacano. Recibió en 2025 el Premio Estatal de Ciencias de Michoacán como un reconocimiento a su incidencia local y por ser un referente para las nuevas generaciones.
Y es que para Ek del Val la restauración ecológica no es solo una técnica científica: es un acto de humildad y paciencia ante la resiliencia de la vida. En su laboratorio de “Interacciones Bióticas en Hábitats Alterados” se dedica precisamente a evaluar cómo se restablecen esas conexiones vitales —entre plantas, insectos, herbívoros y su entorno— cuando los paisajes han sido heridos por el cambio de uso de suelo, la fragmentación o la invasión de especies exóticas.
“Además de ser seres culturales”, dice, “los humanos somos seres naturales y estamos en contacto e interacción con muchas especies. Hemos pensado que somos una especie aparte y tenemos que estudiarla por separado, pero en realidad somos parte de la naturaleza”. Y añade: “De ahí la importancia de estudiar como parte de la cultura nuestras relaciones con la naturaleza y con las diferentes especies”.
Desde niña, a los diez u once años, soñaba con ser bióloga marina, cautivada por las expediciones de Jacques Cousteau y los delfines que poblaban sus documentales. Su infancia transcurrió entre días de campo sin restricciones —“era como cabrita libre”, tal como ella misma se describe—, explorando sin miedo a ensuciarse, lo que sembró en ella una conexión profunda con el entorno vivo.
Vivió y creció en la Ciudad de México en una familia de antropólogos, admirando el trabajo de campo, pero ante la imposibilidad de acercarse al mar para estudiar biología marina prefirió en su momento la complejidad menos intrincada de la naturaleza no humana y optó por la biología general y, eventualmente, la ecología de interacciones. “Los seres humanos son muy complicados”, confiesa con una sonrisa implícita. “Me gustaba más el estudio de la naturaleza; estar afuera e ir al campo, pero no tanto desde el punto de vista social, sino más desde lo más natural, desde la biología”.
Curiosidad y observación
La bióloga y ecóloga resalta que la curiosidad es un elemento fundamental para cualquier científico. Se trata de mantener una apertura constante para comprender cómo funcionan las cosas, ya sea a escalas muy pequeñas (moleculares o genéticas) o muy grandes (especies o ecosistemas enteros). Según ella, esta curiosidad se alimenta de dos capacidades clave: las ganas de entender los fenómenos y la capacidad de asombrarse ante lo que ocurre en la naturaleza.
Explica que el contacto directo con la naturaleza hace casi inevitable este asombro. “Parte de la pérdida del asombro tiene que ver con que nos encerramos en las casas dentro de las ciudades, sin salir siquiera al parque. Ya no tenemos el contacto que produce la naturaleza porque la cuestión con la naturaleza, incluso en las ciudades, es que todo el tiempo es cambiante”.
En entornos urbanos, añade, faltan los estímulos constantes que ofrece la naturaleza: el paso de las estaciones, los sonidos de las aves que varían en un mismo día, la aparición y desaparición de insectos, etcétera. “Esa curiosidad y capacidad de observación es lo que nutre para que podamos hacer investigación”. Sin ese contacto y sin recuperar esa capacidad de asombro, se pierde una fuente esencial de inspiración y descubrimiento.
Radicada en Morelia desde hace más de veinte años —una ciudad que ama por su vivibilidad, su crítica social y su pulso cultural—, Ek del Val ve en los espacios urbanos no solo desafíos, sino oportunidades. “Todo es parte de la vida diaria que hace que podamos vivir mejor”, señala.
No ignora los ríos descuidados, los parques olvidados, los huertos que brotaron durante la pandemia: para ella todo eso habla de una diversidad que persiste y de la resiliencia de la vida cuando le damos condiciones. “Si pones las condiciones, los bichos llegan”, asegura, y así lo demuestran los huertos urbanos donde insectos inesperados colonizan macetas y parcelas diminutas.
Y agrega: “Hay muchas ventanas de oportunidad que podríamos mejorar para tener ríos y parques en los que el agua esté limpia, donde la gente pueda ir a observar y tranquilizarse. Morelia es un lugar privilegiado que podría estar mucho mejor, sin duda, pero es un buen lugar para vivir”.
Esos bichos pequeños
Su pasión más visible, quizá, es por los insectos —esos “bichos” que defiende con ternura militante—. Ellos, polinizadores que nos regalan frutas y verduras, descomponedores que reciclan montañas de materia orgánica, controladores biológicos invisibles.
Ek explica que nacemos con una afinidad natural por los insectos: los niños pequeños disfrutan tocar tierra, observar y experimentar con bichos de forma espontánea. Sin embargo, esta curiosidad se pierde por influencias culturales y educativas —padres y escuela les dicen “no toques, es sucio o peligroso”—, lo que genera una especie de bichofobia y lleva a rechazar o matar insectos. “Siempre le digo a los niños: "Si por ser feo nos mataran, la mitad de la humanidad no existiría." Por su apariencia se dice que algunos insectos son feos, pero no pensamos lo que están haciendo por nosotros”.
Resalta que antes se creía que solo los grandes mamíferos, ballenas o árboles estaban en peligro de extinción, pero hoy sabemos que los insectos también lo están, y su desaparición pone en riesgo funciones ecosistémicas esenciales como polinización, descomposición y control biológico.
Las principales causas de su declive son el cambio de uso de suelo (que causan deforestación de bosques y selvas, pérdida de hábitat) y los insecticidas. “La cantidad de insecticidas que usamos es brutal, son toneladas y toneladas de insecticidas para prevenir las plagas cuando en realidad matan no solo a los malos, sino a los buenos también, arrasan con todo porque los insecticidas son genéricos”.
“Hemos visto a los insectos como nuestros enemigos, siempre pensamos que son plagas, que nos van a picar o que transmiten enfermedades. Sí pasa todo eso, pero es la minoría de las especies; la mayor parte de la biodiversidad de insectos en realidad están haciendo cosas por nosotros; la famosa polinización, por ejemplo: si no fuera por las abejas, principalmente, pero también por los escarabajos o las moscas, no tendríamos alimentos”.
Pone como ejemplo las cucarachas: aunque algunas especies son plagas domésticas molestas, existen miles de especies silvestres que cumplen un rol clave en el reciclaje de materia orgánica porque degradan restos y nutren el suelo, iniciando ciclos ecológicos. Matarlas indiscriminadamente rompe cadenas alimenticias y equilibrios naturales.
Otro caso son los escarabajos estercoleros, que son para ella muy paradigmáticos, según refiere. “Si te pones a pensar en la cantidad de caca que se produce en el planeta, la de las vacas son millones de heces fecales, ¿y dónde están? No las vemos gracias a estos bichos que están reciclando la materia, la están enterrando y fertilizando la tierra”.
“Yo siempre digo en las pláticas de divulgación que si quitáramos a los polinizadores solamente comeríamos pastos, porque todas las frutas y verduras que comemos son gracias a los polinizadores, entonces imagínate qué triste sería no tener una alimentación variada”.
Aunque las mariposas le gustan mucho, las luciérnagas, en particular, la fascinan: su bioluminiscencia es “alucinante y maravillosa”, y Morelia es un hotspot con al menos doce especies en el municipio, muchas en riesgo por la contaminación de ríos, por lo que resalta la línea de investigación de Cisteil Pérez Hernández en la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo para “poner atención en los sitios donde se puedan hacer santuarios u otras labores de conservación”.
Por ello, reitera la idea de que los humanos estamos separados de la naturaleza: “Es esta parte de sentirnos aislados, de que los seres humanos creemos que somos diferentes de la naturaleza cuando somos parte de ella. ¿Cómo hacemos para vivir considerando a las otras especies que están ahí, en lugar de querer arrasar con todo?”.
Por un cambio social profundo
Estudios en Londres y un posdoctorado en Chile le permitieron contrastar realidades: sociedades más regladas, naturaleza domesticada en Europa (donde apenas queda un 3 por ciento de bosques naturales), vastos espacios vacíos en Chile. Esos viajes agudizaron su aprecio por la biodiversidad mexicana y su convicción de que aquí, con menos rigidez y más creatividad, se pueden tejer mejores relaciones con el entorno.
La restauración ecológica es otro eje importante de su trabajo. En la Lacandona, donde hizo su tesis de licenciatura, vio el “ombligo del mundo” transformarse en plantaciones al otro lado del río; en Michoacán, destaca el manejo exitoso de comunidades como Nuevo San Juan Parangaricutiro, donde la poda planificada permite regeneración sin tabula rasa. Insiste: la naturaleza es resiliente si dejamos fuentes de propágulos —semillas, insectos, aves— y reservas intactas. “La vida en la Tierra no está en peligro; nosotros sí”, advierte, recordando las extinciones masivas. “La diferencia ahora es que sabemos y elegimos —o no— actuar mediante un cambio social profundo, no solo tecnológico”.
Ek equilibra la investigación de alto nivel con una divulgación apasionada: pláticas con niños y niñas, artículos, talleres. Cree que necesitamos más científicos, especialmente mujeres, para que las niñas vean referentes propios. “Hay mucho campo y todavía hay muchísimas cosas por aprender. Si les interesa resolver problemas, las interacciones bióticas son un marco que sirve muy bien para hacerlo”.
En tiempos de desconexión digital e inseguridad, Ek del Val invita a reconectar: una maceta, un tianguis de semillas, un paseo atento al canto cambiante de las aves. “Con la pandemia nos dimos cuenta de que estar aislados es terrible, y empezamos a tener problemas psicológicos, de comunicación. Por eso necesitamos buscar estrategias para reconectarnos con la naturaleza. Los seres humanos somos sociales, necesitamos ese intercambio”.
En un país con tanta diversidad y tanta presión, los ejemplos de resiliencia son faros. Ek del Val no promete resultados rápidos y fáciles, pero sí una certeza poética-científica: si dejamos espacio y escuchamos, la vida encuentra el camino de regreso. Y nosotros, como parte de ella, podemos ayudar a abrirle la puerta.
Con todo ello, se describe como una persona curiosa por la naturaleza, con ganas de compartir conocimiento y de imaginar mundos mejores. Rechaza las narrativas distópicas únicas: “Hay muchas opciones, y tenemos que trabajar para que sean posibles”. Optimista empedernida, le diría a su yo de diez años que está contenta con las decisiones que tomó porque la biología general es mucho más amplia que el mar soñado y que —al día de hoy— valió cada paso del camino andado.
Víctor Rodríguez, comunicólogo, diseñador gráfico y periodista cultural.