Morelia, Mich. | Asaid Castro/ACG.-Las manos no se detienen. Van y vienen entre las tiras de palma, doblan, aprietan, cruzan. En menos de cinco minutos, el ramo está listo. A un costado del Mercado Revolución, mejor conocido como San Juan, en Morelia, los alrededores se cubre de verde: montones de palma, figuras terminadas, costales abiertos.
Al menos entre 7 y 10 familias convierten el pasillo exterior del mercado de San Juan, en un pequeño espacio que aparece cada año por estas fechas. La mayoría viene desde Puebla y lleva más de dos décadas repitiendo el mismo viaje.
Son poco más de las 15:00 horas. El sol cae directo sobre las lonas, mientras las camionetas permanecen estacionadas en fila en el estacionamiento, cargadas de bultos y cajas de palma. Algunos trabajan ahí mismo, otros instalan algunos locales improvisados.
José Facio y Licha, un matrimonio de la tercera edad, dicen que son de los primeros en instalarse. La venta fuerte, explican, comienza el sábado. Mientras hablan, siguen trabajando. De cada bulto sacan entre 10 y 14 ramos y por costal, calculan, la ganancia ronda los 100 pesos.
Él tiene 65 años y más de 5 decadas dedicadas a este oficio instalado a las afueras de San Juan. Sonríe cuando se le pregunta por su edad, pues a pesar de los años no esta arrugado: «Porque el señor me quiere mucho, por eso no me arrugo», contesta.
El mercado que arman no tiene nombre oficial, pero entre ellos ya lo identifican. Mercado de palmas de San Juan. Ahí venden principalmente por mayoreo: costales completos o piezas a bajo costo para otros comerciantes que se encargan de revender o transformar los ramos que serán bendecidos el Domingo de Ramos. También hay venta directa. Los precios van desde los 10 pesos al mayoreo y cerca de 20 al público.
De Puebla a Morelia, año con año
Vasilia Herrera acomoda pequeños ramos mientras explica que vienen desde Puebla para ofrecer producto más barato a otros artesanos. «Les damos a mitad de precio para que ellos también se ganen un dinero», dice.
Permanecen desde inicios de semana hasta el sábado. Después, el domingo, se trasladan a la zona de San Francisco para continuar la venta.
El trabajo es familiar. Se reparten las tareas, pero todos saben hacer palmas. Hay mandiles para protegerse de los residuos de la palma, manos curtidas por lo áspero del material y un ritmo constante que no se detiene ni con el calor.
La escena se repite cada año. Las camionetas, los costales, el verde extendido sobre el suelo. En el centro de la ciudad, antes de que lleguen las celebraciones religiosas, el Domingo de Ramos comienza aquí, en estas manos que entretejen la tradición.
