Morelia, Michoacán a 14 de marzo del 2026.- En una esquina de la explanada de Tzintzuntzan, el humo que escapa de un pequeño horno de piedra no solo anuncia pan caliente; divulga una historia de resistencia y sabor que se niega a desaparecer. Ahí, entre el calor de las brasas y el aroma a harina fresca, encontramos a doña Marta Servín, una mujer que ha convertido el oficio de panadera en un pilar para su comunidad y su familia.
Lo que hoy es el centro de reunión de locales y turistas, comenzó como un proyecto de Misiones Culturales. Hace nueve años, un horno de leña comunal fue construido sobre la calle, quedando solitario tras un breve intento de ser trabajado por alguien más. Fue entonces cuando buscaron a doña Marta.
” Nos buscaron para que trabajaran m el hornito porque estaba solo y ya fue la forma que empezamos a trabajarlo aquí… Sí, lo hicieron lo de Misiones Culturales, este hornito, y ya a raíz de eso fue que nos buscaron para que lo trabajáramos porque estaba aquí solito”, comentó doña Martha con orgullo.
La magia de este pan surge de la sabiduría ancestral compartida. Doña Marta lleva la tradición en las manos desde hace 15 años, pero su técnica es un puente entre dos familias, su madre que le heredó el secreto de la masa y la receta; por otra parte, su suegra que le enseñó el arte de dominar el horno y los tiempos de cocción. Ahora, ella le enseña a sus hijas y nietos la rica herencia que nace del fuego.
Para doña Marta, no hay punto de comparación entre lo moderno y lo tradicional. Mientras que un horno de gas es práctico, el de leña es el que le da el alma al pan. “Hay una diferencia muy grande, más que nada en el sabor; la leña le cambia mucho el sabor al pan”, asegura.
Cada pieza tarda unos 20 minutos en cocerse, pero el ritmo es frenético: meter y sacar charolas mientras el turismo y los vecinos aguardan su turno. Con precios que oscilan entre los 20 y 25 pesos, el pan de doña Marta se ha convertido en una parada obligatoria para quienes visitan la región.