Armando Salud Mental

Cuando hablamos de educación, solemos centrar nuestra atención en los estudiantes, sus necesidades académicas, emocionales y sociales. Sin embargo, pocas veces reflexionamos sobre un aspecto fundamental: la salud mental del personal educativo. 

Todos quienes están involucrados en el área de formación educativa; docentes, coordinadores, asesores y directivos, desempeñan una labor que trasciende la enseñanza de contenidos, participan activamente en la construcción de la identidad, la autoestima y el desarrollo emocional de millones de niñas, niños, adolescentes, jóvenes y adultos.

Esta responsabilidad adquiere una relevancia especial en los niveles de maternal y preescolar. Durante los primeros años de vida, se establecen las bases del desarrollo emocional, cognitivo y social.

Teóricos como Jean Piaget señalaron que los niños construyen activamente su conocimiento a partir de la interacción con el entorno; María Montessori destacó la importancia de un ambiente preparado que favorezca la autonomía; Lev Vygotsky enfatizó el papel de la interacción social en el aprendizaje; y Erik Erikson explicó que en las primeras etapas del desarrollo se construyen aspectos esenciales como la confianza, la autonomía y la iniciativa.

Desde una mirada psicológica y psicoanalítica, la maestra/maestro de preescolar ocupa un lugar emocional significativo para los niños. Después de la figura familiar primaria, muchas veces se convierte en una persona de referencia afectiva, seguridad, contención y acompañamiento.

Los niños suelen depositar en él/ella sentimientos de confianza, admiración, dependencia o búsqueda de protección, me refiero al vínculo afectivo y transferencia emocional, que convierte el trabajo docente en una actividad profundamente humana siempre y cuando se tenga la vocación. 

Por ello, resulta fundamental que quienes trabajan con las infancias tengan espacios para reflexionar sobre su propia historia emocional. Las experiencias personales no resueltas, las heridas afectivas, los conflictos relacionados con la autoridad, el reconocimiento o la baja autoestima pueden influir, muchas veces de manera negativa, en la forma en que se relacionan con estudiantes, familias y compañeros de trabajo. Por eso es muy importante desarrollar la capacidad de introspección para favorecer relaciones más sanas, empáticas y respetuosas en la comunidad escolar.

Asimismo, en los entornos educativos pueden surgir conflictos relacionados con el ejercicio de la autoridad y los cambios de rol profesional. Personas que anteriormente ocuparon cargos directivos y posteriormente regresan a funciones docentes, de coordinación o asesoría, pueden experimentar sentimientos de pérdida de poder, frustración o necesidad de reconocimiento.

Si estas emociones no son elaboradas adecuadamente, existe el riesgo de que aparezcan conductas de competencia, resistencia al trabajo colaborativo o dificultades para integrarse a nuevos esquemas organizacionales. No se trata de un problema de capacidad profesional, sino de procesos emocionales que requieren comprensión y manejo adecuado.

La salud mental del personal que labora en entornos educativos, debe ser una prioridad, si es que se quiere construir ambientes escolares saludables. Un docente emocionalmente equilibrado no solo transmite conocimientos; también modela formas de relacionarse, resolver conflictos, expresar emociones, convivir con respeto, disfruta sus actividades, pero sobre todo brinda un impacto positivo en todo lo que hace.