Una mirada lírica al lazo entre el poeta español Luis García Montero y Morelia, la ciudad que transformó el dolor del exilio en pura poesía.

No me sorprende, sino que me alegra tener en las manos una edición mexicana de poemas de Luis García Montero: su Antología personal (FCE, 2005), acompañada por el prólogo de Marco Antonio Campos, “Luis García Montero: del amor y las navegaciones”. Revisar sus páginas es reconocer una vez más la huella de un autor que visita con regularidad México, y cuya presencia ha dejado eco en Puebla, Guadalajara, la capital del país y, de manera entrañable, en Morelia. Justamente celebro el poema que dedicó a la capital michoacana, cuyos versos son claves de un encuentro de sonidos y realidad lírica; una pieza que resalta en el ámbito hispano por esa pasión y directriz que define su voz. Recorrer su obra y gozar de sus versos es asistir a un rigor y a una perfección que siempre muestran madurez. Su tono melancólico y hondo es una verdad irrenunciable, una expresión lírica que es búsqueda constante. Si se tuviera que elegir una pieza que condensara este vínculo, esa sería “Morelia”, sin olvidar que su universo es un viaje infinito por la diversidad de títulos. El propio Campos lo resume con nitidez: “Luis García Montero es el poeta español vivo más reconocido internacionalmente. Ningún poeta europeo como él ha tenido en los últimos lustros un diálogo más sostenido con América Latina”.

¿Cómo invitar a leer a un poeta como él? Lo he señalado: la pieza indicada y el punto de partida es “Morelia”, mas no el resumen final de su estela. Recuerdo aún, con la vaguedad del tiempo transcurrido, haber oído una tarde a su autor leerlo en el Teatro Ocampo de la ciudad, en el marco del Encuentro de Poetas del Mundo Latino. Era un sábado del año 2005. Antes de dar voz a sus versos, García Montero aclaró que un día antes había salido temprano de su habitación en el Hotel de la Soledad para caminar muy de mañana por las calles de la ciudad. Así llegó hasta el internado España-Morelia, movido por el deseo de conocer la casa que albergó a los niños de la guerra civil de 1936. Su crónica de viaje devino en el poema que esa noche compartía; una estampa que deja constancia de su honda visión poética.

Estos versos me hacen regresar a la dedicatoria del poema, un reconocimiento de García Montero a su amigo Marco Antonio Campos, lo que nos devuelve al prólogo de esta antología editada por el Fondo de Cultura Económica. En esas páginas preliminares, Campos escribe: “En los últimos veinte años me ha acompañado la poesía de Luis García Montero, y me parece que esta antología, hecha por su mano, de un tono melancólico y hondo, con sus continuas bellezas, busca ante todo que el lector también lo acompañe para compartir lo que dice el corazón de un hombre de lo que le va dando la vida”. La estructura del delgado volumen, seleccionado por la mano del propio autor, se organiza en tres secciones que definen su continuidad literaria: 1) Palabra; 2) Edad; 3) Amor. En medio de esa arquitectura se encuentra, por supuesto, la fisonomía de una escritura íntima.

Para seguir bajo la rúbrica de la poesía e ir clausurando este elogio, es preciso cruzar el Atlántico y volver la mirada hacia la cuna de nuestro visitante deslumbrado. Nacido en Granada en 1958, catedrático de Literatura Española en la Universidad de Granada y director del Instituto Cervantes, es una de las figuras más determinantes de la llamada “poesía de la experiencia”. Los estudiosos de su obra coinciden en que su escritura se caracteriza por una composición conversacional, donde la inmediatez y la cotidianidad se elevan al rango de revelación lírica. Quienes lo han tratado directamente aseguran que su calidez y sencillez personal contrastan con su enorme estatura intelectual; un creador que parece esquivar los pedestales de la fama para entregarse a la cercanía del diálogo.

El vínculo de García Montero con la capital michoacana se labró a pulso de viaje y palabra compartida, participando en sucesivas ocasiones en el Encuentro de Poetas del Mundo Latino coordinado por Marco Antonio Campos. El poeta granadino supo incorporarse al coro secular de la ciudad. Su mirada aporta al ensayo lírico la distancia justa del huésped que, al caminar las avenidas de cantera rosa, no hace sino confirmar que Morelia posee la extraña virtud de las patrias secretas: una urbe donde cualquier viajero puede, de pronto, reconocer las líneas de su propia mano. Su poema “Morelia” es una pieza determinante no solo para rastrear los alcances de su poética de la inmediatez, sino para reactivar desde la herida lírica la memoria del exilio español en tierras michoacanas.

El propio García Montero ha evocado las circunstancias que dictaron la escritura de estos versos: “Es un poema que escribí en esa ciudad. Me emocionó mucho, porque ustedes saben que cuando la Guerra Civil de mi país, España, sucedió, hubo el abandono de todas las potencias del mundo a la República española, pero estas estaban haciendo más daño, y fue entonces que Lázaro Cárdenas y el pueblo mexicano se solidarizaron con la República española. Había muchos niños heridos, abandonados y perseguidos, pero fueron traídos a México, donde encontraron albergue; son los llamados ‘Niños de Morelia’. Yo fui a Morelia a participar en un homenaje a Juan Gelman que había organizado mi hermano Marco Antonio Campos; debido al cambio de horario, me levanté muy de mañana, fui a pasear y, al andar, me encontré con el colegio donde habían sido cuidados los niños republicanos españoles y fue entonces que escribí este poema que tiene para mí la nostalgia de Juan Gelman y la amistad de Marco Antonio Campos, a quien se lo dediqué”.

En sus versos, Morelia se convierte en un espacio temporal donde el presente del viajero se cruza con los fantasmas de 1939, haciendo de la cantera rosa el refugio de una infancia desterrada. El poema se lee así: “Soy cobarde. / Pero también mantengo la dignidad. Procuro / no vender la sonrisa / que los fuertes esperan. / Por eso corro hasta mis versos / como el niño que huye hacia su cuarto / cuando empiezan los gritos de la casa. / Me duermo y amanezco. // Ya da el sol en las piedras de Morelia. / Me levanté muy de mañana / a caminar las calles / de una ciudad que ha sido / ese recuerdo en el que nunca estuve. / Tampoco estuve nunca en el Madrid bombardeado, / Pero crecí mientras buscaba / una verdad en la memoria. / Más que la tierra limpia, / me emociona el paisaje de cultivos, / la piedra que las manos edifican, / paredes que comprenden / un relevo de vidas cotidianas, / de cuerpos, murmullos, de tacones / que bajan la escalera, / de peldaños que corren hasta el sótano / antes del bombardeo. // 1939, / tal vez, o en 2005, / es la historia del agua, / la lluvia perdida en el invierno / como una condición de la miseria. / El sol abre los ojos / y puede ver la infancia de un país que huye de la guerra, / que cruza el mar, / que desciende del barco, / como la historia, en fila, / muy peinada la historia / con su maleta de cartón, / con sus recuerdos / sin estatura y para siempre, / mientras ordena el equipaje / en la ciudad que la recibe. / Valladolid. Morelia. / Suave Patria. // Miro la catedral, el internado, / los edificios nobles, / y en la imaginación, / donde se viven los recuerdos / para que las historias generales / puedan gozar de intimidad, / agradezco la luz al descubrir / una nobleza humana / más alta que las piedras y los bosques. // Poco a poco la gente ha invadido las calles. / Estoy acompañado y solo / en una plaza de Morelia. / pero siento que corro hasta mi habitación, / siento que me refugio / de los años, del agua, de la muerte, / de todo aquello, frío y desarticulado / como un juguete roto, / que me fue separado de la infancia”.

Frente a este concierto de miradas seculares, la seducción que Morelia ejerce desde su tradición lírica resulta imposible de ignorar para quien la habita o la descubre a través del viaje. Al integrar esta última imagen como poética, el itinerario se completa. Por este coro literario hemos asistido al encuentro fortuito y perenne de la urbe a través de un género alegórico y exquisito. Este recorrido nos demuestra, en esencia, que no nos encontramos ante una historia lineal o monumental de Morelia. Al contrario, revela cómo cada uno de ciertos creadores —desde el alba republicana de Manuel de la Torre Lloreda hasta el desgarro contemporáneo en la poesía de José Mendoza Lara y Sergio J. Monreal, pasando por la seducción de García Montero con el tema del exilio y la memoria de las ausencias— ha sabido reconocer en la capital michoacana una criatura de salvación: un territorio plural, doliente y cambiante que existe plenamente cuando se le nombra desde el fulgor de la palabra, deviniendo la ciudad, finalmente, en pura poesía. Hay ciudades que parecen hechas para ser leídas a la luz de sus propias piedras, y Morelia, bajo la mirada de García Montero y la memoria del exilio, se convierte en ese refugio exacto donde el tiempo se detiene.

Rafael Calderón

Rafael Calderón (Morelia, Mich, 1976). Ha publicado poesía y ensayo. Es autor en ensayo de Pablo Neruda en Morelia (2024) y en poesía Recuento de Estos días (2024) y tiene en proceso de edición El turno y la presencia. 200 años de poesía en Michoacán 1825-2025, por Centzontli Pájaro de cuatrocientas voces.