El estreno de La fuerza del deseo fue el 22 de julio de 1955 en el Cine Palacio Chino, con la clasificación “C”, sólo para adultos, porque interpretaba a una modelo de desnudos que trabajaba en una academia de artes plásticas

Jaime Vázquez, colaborador La Voz de Michoacán

En 1955 Miguel M. Delgado asumió la dirección de La fuerza del deseo, película producida por los hermanos Guillermo y Pedro Calderón y que causaría un escándalo en la sociedad. “Tan valiente como los films franceses, tan real como las películas italianas, tan picante como la salsa mexicana”, se aseguraba en los anuncios publicitarios. Un escalón más al cine de rumberas, un eslabón adicional a las fantasías eróticas.

En el rol principal actuó una joven de 26 años que había dado sus primeros pasos, sus primeras brazadas en el cine como extra en Tarzán y las sirenas (1948, Robert Florey), con “escenas africanas” realizadas en Acapulco.

Ana Luisa Peluffo, esa joven queretana nacida el 9 de octubre de 1929, que se distinguía por su juvenil gusto por la natación, se encontró con los Calderón en el Hotel del Prado para una entrevista de trabajo. Ahí le entregaron el libreto de la película: no se explicó en los créditos, pero La fuerza del deseo era una idea “tomada” por los argumentistas Rafael García Travesí y Miguel M. Delgado de la novela Servidumbre humana de Somerset Maugham, obra que se había llevado al cine en 1934 dirigida por John Cromwell, y en una nueva versión de Edmund Goulding en 1946.

El estreno de La fuerza del deseo fue el 22 de julio de 1955 en el Cine Palacio Chino, con la clasificación “C”, sólo para adultos, porque la audaz Ana Luisa Peluffo interpretaba a Silvia, una modelo de desnudos que trabajaba en una academia de artes plásticas.

Si bien el desnudo en la película no fue el primero en nuestro cine (recordemos, por ejemplo, que en 1937 Adolfo Best Maugard filmó un desnudo integral en La mancha de sangre), el escándalo provocado por Ana Luisa Peluffo fue mayúsculo en las “buenas conciencias”. Silvia es la joven que se quita la ropa, la arribista modelo de Arturo (Armando Calvo), el maestro de pintura que sufre una malformación en una pierna y una pasión irrefrenable por la muchacha.

La actriz se convirtió de pronto en referente de libertad y valentía en una época en la que el cine no se atrevía a abordar ciertos temas, y en objeto de escarnio y crítica por parte de algunos sectores moralistas.

Salvador Elizondo escribió: “Uno de los grandes pecados de nuestro cine ha sido el de moralizar a la Peluffo, el de desnudarla primero para luego sermonearla”.  

En sus películas posteriores (El seductor, La ilegítima, La Diana cazadora), Ana Luisa Peluffo repite el esquema: es una mujer atrevida u obligada por las circunstancias, que al final recibe su recompensa o condena moral, a través del castigo o de la redención. Las mujeres del cine (y de la vida) no podían ser dueñas de su destino sin recibir la reprimenda social, el castigo divino, la ruina o sufrir la moraleja entre lágrimas de arrepentimiento o resignación.     

Con más de 230 películas en sus más de seis décadas de trabajo actoral, Ana Luisa Peluffo participó en radio, televisión, teatro y cabaret. Aficionada de toda la vida a la natación y al baile, también tomó los pinceles para colocarse frente al caballete y pintar óleos realistas, rostros, desnudos, para retratar el cuerpo humano.

Ana Luisa con sus personajes sufrió, cantó, bailó. Fue a la luna con “Clavillazo”; se enamoraron de ella los fantasmas “Tin Tan” y el “Loco” Valdés; ayudó a Arturo de Córdova cuando se hizo invisible; se convirtió en “La tacón dorado” en el cabaret escrito por Luis G. Basurto; se transformó en Fuensanta, la imagen poética de López Velarde.

Participó en varias películas sobre Michoacán: Arriba Michoacán (1987, Francisco Guerrero), El Tigre de Michoacán (1998, Lourdes Álvarez) o Las dos michoacanas (2011, Alonso O. Lara).

Ana Luisa Peluffo afirmó que uno de sus trabajos más importantes fue precisamente La fuerza del deseo, pero que estaba orgullosa de su carrera, de las películas buenas, las malas y las pésimas. “Hubo de todo”, reconocía.

El 4 de marzo, a los 96 años, falleció Ana Luisa Peluffo, la bella actriz que ayudó en mucho a romper ciertas reglas de una época de nuestro cine.

Jaime Vázquez, promotor cultural por más de 40 años. Estudió Filosofía en la UNAM. Fue docente en el Centro de Capacitación Cinematográfica. Ha publicado cuento, crónica, reportaje, entrevista y crítica. Colaborador del sitio digital zonaoctaviopaz. Autor del libro “Michoacán en el cine. Episodios en la pantalla”.

@vazquezgjaime