Por MIRYAM CAMACHO SUÁREZ*
La tecnología cambió la forma en que decidimos viajar sin que apenas nos diéramos cuenta
Hay una escena que seguramente has vivido más de una vez. Estás acostado viendo el celular y, sin mucho plan de por medio, escribes una frase muy sencilla: “Hoteles en Oaxaca”, “Vuelos a Cancún” o “Qué hacer en Madrid”. En cuestión de segundos aparecen cientos de opciones perfectamente acomodadas. Empiezas a deslizar la pantalla, descartas algunas porque las fotografías no te convencen, otras porque tienen pocas estrellas y, casi sin darte cuenta, terminas concentrando tu atención en los primeros resultados.
Nunca nos detenemos a pensar por qué esos fueron los primeros.
Lo damos por hecho. Si están arriba, suponemos que deben ser los mejores. Si una plataforma nos dice que un hotel es el más popular, tendemos a creerle. Si aparece un mensaje diciendo que solo queda una habitación disponible, sentimos que debemos decidir rápido. Todo parece tan natural que olvidamos hacer la pregunta más importante de todas: ¿quién organizó esta pantalla antes de que yo empezara a buscar?
Hace algunos años la respuesta era muy sencilla. Existía una agencia de viajes. Entrábamos, nos sentábamos frente a un escritorio y una persona nos ofrecía distintas alternativas. Sabíamos perfectamente que había un intermediario entre nosotros y nuestras vacaciones. Él elegía qué hoteles mostrarnos, qué aerolíneas recomendar y qué promociones poner sobre la mesa.
Después llegó internet y pensamos que esa figura había desaparecido. Creímos que, por fin, podríamos explorar todo el mercado sin depender de nadie. Nunca había sido tan fácil comparar precios, leer opiniones o reservar desde el teléfono. Pero mientras investigaba para escribir este artículo me di cuenta de algo que, al menos a mí, me cambió la forma de mirar cualquier búsqueda.
La agencia de viajes nunca desapareció, simplemente se volvió invisible.
Ya no está representada por una persona, sino por una pantalla que decide el orden en el que conocerás el mundo. Antes de que aparezca el primer hotel ya hubo un proceso que organizó la información. Hay criterios comerciales, disponibilidad, promociones, publicidad, popularidad y muchos otros factores que influyen en aquello que vemos primero. No significa que las plataformas intenten engañarnos. Significa, simplemente, que el orden de los resultados no es una fotografía objetiva de la realidad.
Haz un experimento la próxima vez que busques alojamiento. Baja hasta la tercera o cuarta página de resultados. Es muy probable que encuentres hoteles con mejores reseñas, habitaciones más amplias o precios sorprendentemente similares. Entonces aparece una duda inevitable: si esas opciones estaban disponibles desde el principio, ¿por qué nunca aparecieron frente a mí?
Algo parecido ocurre con la sensación de urgencia. Seguramente has visto mensajes como “Solo queda una habitación” o “Veinticinco personas están viendo este alojamiento”. Esas frases tienen un efecto inmediato. Dejamos de comparar porque sentimos que el tiempo se está agotando. Sin embargo, casi nunca nos preguntamos si esa habitación es la última del hotel o simplemente la última disponible bajo determinadas condiciones dentro de esa plataforma. Es una diferencia pequeña, pero suficiente para cambiar una decisión de compra.
Durante la investigación encontré un experimento que me pareció todavía más interesante. Imagina que encuentras un hotel espectacular. En lugar de reservar de inmediato, haces una captura de pantalla de la fotografía principal y la buscas con Google Lens. En muchos casos descubrirás el nombre real del establecimiento, su página oficial, otras plataformas donde aparece publicado e incluso promociones distintas. La imagen deja de ser solamente una fotografía bonita y se convierte en una pista. De pronto entiendes que la plataforma no era el único camino para llegar hasta ese lugar.
Lo mismo me ocurrió con las reseñas. Siempre pensé que la inteligencia artificial serviría para recomendar destinos o construir itinerarios. Descubrí que puede hacer algo mucho más útil. Copié más de cien opiniones de un hotel y le pedí que olvidara la calificación general. Solo quería saber qué problemas se repetían una y otra vez. En pocos segundos encontró un patrón que yo no había visto: las reseñas más recientes comenzaban a mencionar constantemente el ruido durante la noche. El hotel seguía mostrando una calificación excelente, pero las experiencias nuevas empezaban a contar una historia distinta.
Quizá el ejemplo más claro de todo esto ocurrió durante la Copa Mundial de Futbol de 2026. Muchos hoteles incrementaron sus tarifas convencidos de que recibirían una demanda histórica. Los modelos matemáticos parecían impecables. Todo indicaba que habría suficientes visitantes para pagar esos precios. Pero sucedió algo que ningún algoritmo puede medir con absoluta precisión. Miles de personas compararon opciones, cambiaron de destino, acortaron sus viajes o decidieron no viajar. Los sistemas calcularon cuánto podían cobrar; lo que no lograron calcular fue el momento exacto en que alguien mira una pantalla y piensa: “No vale la pena pagar eso.”
Mientras escribía estas líneas pretendí que este artículo hablara de una forma distinta de entender internet. Elegimos hoteles de la misma manera en que elegimos un restaurante, una película, una canción o incluso las noticias que vamos a leer. Creemos que estamos explorando libremente, cuando en realidad casi siempre comenzamos el recorrido por el camino que alguien organizó antes para nosotros.
No creo que eso sea una mala noticia. Gracias a la tecnología nunca había sido tan sencillo viajar, comparar precios o conocer lugares que hace veinte años parecían inalcanzables. El problema no es utilizar plataformas. El problema es olvidar que toda plataforma tiene una lógica propia y que esa lógica también influye en nuestras decisiones.
Porque también hay algunos mitos que internet ha repetido tantas veces que terminamos aceptándolos sin cuestionarlos. Uno de ellos es que las VPN siempre sirven para conseguir vuelos más baratos. La realidad es mucho menos espectacular. Durante años circuló la idea de que las aerolíneas cobraban precios distintos según el país desde donde se hacía la búsqueda y que bastaba cambiar la ubicación virtual para ahorrar cientos de dólares. Hoy, la mayor parte de las diferencias de precio obedecen a factores como la moneda elegida, los impuestos, la disponibilidad de tarifas, el momento de la compra o las promociones específicas de cada mercado, no simplemente a la dirección IP del usuario. La VPN puede cambiar algunos escenarios muy particulares, pero está lejos de ser el truco infalible que tantas publicaciones prometen.
Consulta herramientas como AirHint para saber si estadísticamente conviene esperar antes de comprar un vuelo o Golastminute para encontrar vuelos baratos de último minuto, si la flexibilidad de fechas en tus planes de viaje te lo permite. Y, sobre todo, recuerda que el primer resultado rara vez es el único resultado.
Después de todo, las mejores vacaciones no empiezan cuando abordamos un avión. Empiezan mucho antes, el día en que dejamos de aceptar que una pantalla piense por nosotros y recuperamos el placer de descubrir el camino por nuestra propia cuenta.
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*Miryam Camacho Suárez. Es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Vasco de Quiroga. Abogada por la Universidad Latina de América. Combina la precisión del derecho con la sensibilidad narrativa para explorar temas de integridad, transparencia y cultura digital. Actualmente desarrolla proyectos editoriales que entrelazan comunicación, ética y tecnología.