Morelia, Michoacán/Adolfo García/ACG

¿Puede existir belleza en un lugar destinado a esperar la muerte? Esa es una de las preguntas que atraviesan Salón de belleza, el primer largometraje de Nathalia Acevedo, presentado en el marco del 24.º Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM).

Inspirada en la novela homónima de Mario Bellatin, la película propone una reflexión sobre la enfermedad, la soledad y la exclusión social, a partir de un espacio que originalmente fue creado para transformar la apariencia de las personas y que termina convertido en refugio para quienes han sido abandonados.

La contradicción resulta poderosa: un salón donde antes se buscaba preservar la belleza se transforma en un lugar donde los cuerpos enfrentan su deterioro y la proximidad de la muerte. La apariencia pierde importancia frente a una necesidad mucho más elemental: encontrar compañía y cuidados durante los últimos días de vida.

Uno de los elementos más sugerentes de la propuesta son los acuarios y los peces, cuya presencia establece un paralelismo con la condición de los personajes. Encerrados en espacios limitados, dependientes de un entorno que no pueden controlar, los peces parecen reproducir la fragilidad de quienes habitan el salón. Su belleza contrasta con la enfermedad, pero también recuerda que toda forma de vida está expuesta a desaparecer.

Acevedo apuesta por una narración contemplativa, donde las imágenes, los silencios y las atmósferas adquieren mayor relevancia que las explicaciones. La fotografía en blanco y negro contribuye a construir un universo apartado de la cotidianidad, en el que el tiempo parece transcurrir de otra manera.

Sin embargo, esa búsqueda estética también plantea una de las principales interrogantes de la película: ¿hasta qué punto la belleza visual permite acercarnos al dolor de los personajes y en qué momento corre el riesgo de distanciarnos de ellos?

La historia tiene además una dimensión social que resulta imposible ignorar. Aunque la enfermedad no necesita un nombre específico, la relación con los años de discriminación y abandono que acompañaron a la epidemia del VIH/sida permanece como una referencia importante. El relato también puede leerse desde otras experiencias recientes, cuando el miedo al contagio modificó las relaciones humanas y evidenció la vulnerabilidad de quienes carecen de redes de apoyo.

En ese sentido, Salón de belleza no habla únicamente de la muerte, sino de la manera en que una sociedad decide quién merece atención, quién puede permanecer visible y quién termina relegado a espacios alejados de la mirada pública.

La propuesta de Nathalia Acevedo encuentra su mayor interés en esa tensión entre lo hermoso y lo doloroso, entre la contemplación y la denuncia silenciosa. Su lenguaje cinematográfico exige paciencia y disposición para interpretar las imágenes, una decisión que puede enriquecer la experiencia, pero también limitar la conexión inmediata con los personajes.

Más que ofrecer respuestas, la película deja una pregunta incómoda: ¿qué ocurre con la dignidad humana cuando la enfermedad convierte a una persona en alguien que los demás prefieren no mirar?

Quizá ahí reside la mayor fuerza de Salón de belleza: recordarnos que, detrás de los cuerpos que envejecen, enferman y desaparecen, existen vidas que merecen ser acompañadas, incluso cuando ya no queda ninguna posibilidad de salvarlas.