Conoce la historia del Templo de la Cruz de Morelia, un recinto con más de 300 años, ubicado en el Centro Histórico y parte del patrimonio de la UNESCO.

A diario, automóviles, peatones, estudiantes, trabajadores y turistas pasan frente al Templo de la Cruz. El edificio, poco conocido incluso para los morelianos pese a estar ubicado en plena avenida Madero, permanece discreto entre fachadas de cantera y comercios. Detrás de esa apariencia modesta conserva más de tres siglos de historia.

No tiene la misma fama que la Catedral, San Francisco, Las Monjas o San José, inmuebles que suelen ocupar las postales y los recorridos turísticos de la capital michoacana. Su presencia es menos ostentosa, pero forma parte del paisaje cotidiano y de la memoria religiosa de varias generaciones. Sus muros acompañaron el crecimiento de la antigua Valladolid y las transformaciones urbanas de la ciudad.

De acuerdo con los archivos históricos, antes de convertirse en el inmueble que hoy se levanta sobre la avenida Madero, en el lugar habría existido una pequeña ermita de adobe, cubierta con teja y dedicada a la Santa Cruz.

Algunas referencias atribuyen su establecimiento a dos franciscanos que llegaron para promover el culto a las llagas de Jesús. En su interior había únicamente una imagen de Cristo crucificado.

La ermita fue el antecedente de la construcción desarrollada entre 1680 y 1690 por iniciativa del sacerdote Nicolás de la Serna. La antigua capilla cedió su lugar a una iglesia de materiales más resistentes, integrada al perfil religioso de Valladolid.

Un nuevo templo para una nueva ciudad

La nueva construcción permitió ampliar el culto y dotar al inmueble de bienes artísticos que, durante el siglo XVIII, lo colocaron entre los templos con mayor riqueza ornamental de la floreciente ciudad colonial. Una memoria elaborada con motivo de una visita del obispo Juan José de Escalona y Calatayud daba cuenta de sus bienes y alhajas; el interior llegó a contar con doce retablos de madera dorada, numerosos lienzos y objetos litúrgicos.

La imagen actual dificulta imaginar aquella etapa. Los retablos cubrían parte de los muros y concentraban imágenes, columnas, relieves y superficies doradas propias de la decoración novohispana. El edificio tenía entonces presencia dentro de la vida religiosa de Valladolid.

Entre 1700 y 1703, según información difundida por la propia comunidad del templo, el inmueble funcionó como catedral provisional mientras continuaban los trabajos de la actual Catedral de Morelia. La nueva sede había comenzado a construirse en 1660, pero su ejecución se prolongó durante décadas. Por un periodo breve incluso habría recibido ceremonias vinculadas con la sede episcopal.

Pero como suele suceder en estas obras arquitectónicas, su historia no fue una sucesión continua de esplendor. El recinto sufrió saqueos que dispersaron buena parte de su patrimonio. Las confrontaciones entre autoridades civiles y eclesiásticas, así como los periodos de inestabilidad política, afectaron los bienes de numerosas iglesias y el Templo de la Cruz no quedó al margen. La información reunida sobre el edificio refiere tres grandes saqueos. Piezas, lienzos, ornamentos y retablos desaparecieron o fueron retirados, por lo que sólo una parte de la antigua riqueza ha podido llegar hasta nuestros días.

Cada pérdida modificó el espacio interior. El templo continuó abierto al culto, pero su aspecto se volvió distinto al descrito en los documentos del siglo XVIII. Algunos retablos y elementos artísticos sobrevivieron como fragmentos de una época en la que el complejo figuró entre los recintos ornamentados de Valladolid.

Entre remodelaciones

A principios del siglo XX se emprendió otra transformación. Por orden del arzobispo Atenógenes Silva, el techo fue elevado y el altar mayor reformado. En esos años, el templo contaba además con un cementerio frente al edificio, un elemento hoy ausente en una avenida ocupada por tránsito vehicular, banquetas y locales comerciales.

La existencia de aquel camposanto muestra cuánto se modificó el entorno. La expansión urbana terminó por absorberlo y el templo quedó incorporado a una de las principales arterias de Morelia.

En 1920, los Misioneros del Espíritu Santo se hicieron cargo del Templo de la Cruz. Desde entonces, la congregación ha mantenido la atención religiosa del recinto y la preservación de su legado, además de incorporar nuevas expresiones artísticas y objetos de devoción. Con su llegada comenzó una etapa de administración por parte del clero católico.

La fachada actual tampoco corresponde por completo con la construcción del siglo XVII. En 1970 fue modificada hasta adquirir su configuración presente. Está organizada en dos cuerpos y combina elementos de distintas épocas; incluye pilastras y vanos arqueados, mientras la torre de base cuadrada se levanta a uno de sus costados. El resultado es una imagen ecléctica que conserva el origen virreinal del edificio y las huellas de intervenciones posteriores.

Esa acumulación de etapas puede leerse en la cantera. El Templo de la Cruz no llegó intacto al presente ni permanece congelado en el periodo colonial. Es una construcción modificada por las necesidades del culto, los criterios arquitectónicos de cada época y las circunstancias que atravesó.

El inmueble también forma parte del conjunto patrimonial protegido del Centro Histórico. El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) lo incluye entre los recintos religiosos de Morelia, cuya zona de monumentos históricos fue declarada mediante decreto federal en 1990. Un año después, el Centro Histórico fue inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, dentro de un perímetro caracterizado por más de 200 construcciones históricas en las que conviven elementos renacentistas, barrocos, neoclásicos y eclécticos.

Durante la mayor parte del año, la vida del recinto transcurre sin grandes concentraciones. Pero los fines de semana decenas de familias llegan a misa y después continúan por las calles cercanas, compran un helado o se detienen en alguna plaza del Centro Histórico. El templo funciona como parroquia, punto de encuentro y refugio espiritual para quienes lo visitan de manera habitual.

En Semana Santa, su presencia adquiere otra relevancia. El Templo de la Cruz forma parte de la visita de los siete templos, práctica católica que lleva a los fieles de un recinto a otro durante la noche del Jueves Santo. Las puertas permanecen abiertas, aumenta el tránsito de personas y el edificio recupera por algunas horas un lugar central dentro de la ruta religiosa de Morelia. Las familias entran, rezan, observan los altares y vuelven a la avenida Madero para continuar el recorrido.

La celebración propia del recinto tiene lugar el 3 de mayo, fecha dedicada a la Santa Cruz y convertida en la fiesta patronal de su comunidad. La jornada devuelve el protagonismo a la advocación que dio origen a la antigua ermita y reúne a los feligreses alrededor de las celebraciones litúrgicas organizadas por la rectoría. A diferencia de las procesiones que atraviesan la avenida Madero, en esa fecha el movimiento no pasa frente al templo: comienza y termina dentro de él.

Desde su acceso también se contempla una parte de la vida cívica y popular. Por la avenida Madero avanzan procesiones, desfiles, contingentes, celebraciones y protestas. La Procesión del Silencio pasa por el Centro Histórico con su ritmo pausado, mientras los toritos de petate ocupan la calle con música, baile y movimiento. El templo, como fondo de manifestaciones distintas que conviven en el espacio público moreliano.

El Templo de la Cruz quizá no sea el primer recinto que un visitante busca al llegar a Morelia. No domina el horizonte ni concentra las fotografías de la ciudad. En sus más de tres siglos de historia fue una ermita de adobe, albergó doce retablos, funcionó temporalmente como sede catedralicia, sufrió saqueos, atravesó varias remodelaciones y quedó bajo el cuidado de los Misioneros del Espíritu Santo.

Mientras la avenida Madero mantiene su tránsito, la iglesia continúa abierta. Cada campanada se mezcla con motores, conversaciones y pasos. En medio de ese movimiento, el Templo de la Cruz conserva la memoria de una ciudad que creció alrededor de sus muros y que todavía, durante una misa, una procesión o la visita de los siete templos, vuelve a detenerse frente a ellos.

Arved Alcántara / La Voz de Michoacán