Asaid Castro/ACG – Morelia, Michoacán
La sastrería, oficio que durante décadas ocupó calles enteras en el Centro Histórico, atraviesa un declive evidente, dice Richard. La ropa industrial, los arreglos exprés y los precios bajos redujeron los espacios donde antes se cortaban trajes a la medida con precisión artesanal.
De más de una docena de talleres activos entre los años sesenta y ochenta, hoy apenas quedan unos cuantos en la capital michoacana.
Uno de ellos es el de Richard Tapia, en los limites del Centro Histórico, sobre la calle García Pueblita. Abre su local desde las 8 de la mañana entre tijeras, hilos y máquinas que ya pocos saben usar. A sus 65 años, comenzó a coser desde los 12 y asegura que la ciudad perdió casi por completo la figura del sastre tradicional.
“Los muchachos ya no quieren aprender, aparte les dicen que los sastres son jotitos y luego se desaniman. Es más, yo ando publicando en el face que yo les enseño, eso es lo que quiero ahora”, comenta sin rodeos, señalando que los prejuicios también apagaron el interés por el oficio.
Antes, Richard colgaba en su pared fotografías de colegas y amigos de la sastrería, pero dejó de hacerlo, pues cuenta que “me deprimían, y las fui quitando porque todos se iban muriendo” explica, mientras abre un cajón y muestra una colección, que el calcula, tiene más de 6 mil fotografías.
Además de guardar fotografías, en una de sus libretas guarda a manera de memoría, los nombres de sastres que conoció desde 1962 y que por una u otra razón, ya fallecieron, “tres se me murieron en los últimos tres meses”, dice mientras pasa las páginas.
Richard insiste en que un taller formal, a comparación de tiendas de moda o de trajes, ofrece algo distinto: corte personalizado, confección desde cero y ajustes que pueden alargar la vida útil de una prenda, pues asegura que el que sabe vestir se hace su traje, y no compra desechable.
El flujo de clientes bajó, pero Richard continúa trabajando con la misma técnica que aprendió en su adolescencia. Explica que, como en la medicina, en la sastrería también hay especialidades y la suya es la de sastre pantalonero, un oficio que exige precisión en medidas, caída y ajuste.
Mientras Morelia cambia de ritmos y hábitos de consumo, él se mantiene en una labor que, afirma, podría desaparecer en los próximos años. En su mesa de trabajo, entre hilos y jabón que usa como tiza, persiste una parte de la ciudad que ya pocos reconocen, sostenida por las manos de uno de los últimos sastres de edad que quedan.