Columna de Opinión de Divulgación Científica y Política
Del sarampión reemergente a la historia profunda de la vacunación en México: ciencia, política pública y soberanía sanitaria frente a la desinformación.
Horacio Cano Camacho/ACG
Un artículo de esta naturaleza no debería escribirse, punto, y menos a estas alturas: la vacunación es la mejor estrategia para prevenir las enfermedades o moderar su efecto en la población. Y no lo digo yo. En realidad, existen cantidades impresionantes de evidencias. Sin embargo, para los creyentes antivacunas, datos y evidencias no les cambian la percepción. A los ya convencidos, datos y razones no les ayudan.De manera que yo solo pienso en la gente responsable que decide proteger a los suyos y proteger, al mismo tiempo, a su comunidad.
Este nuevo brote de sarampión es una responsabilidad directa de los antivacunas y de quienes, por otros motivos, como el olvido, no completaron los esquemas de vacunación de sus hijos. No es casual que esta nueva plaga vino del norte, donde esos movimientos —por cierto, muy vinculados a la extrema derecha trumpista— son muy poderosos. Y lo podemos saber porque se han realizado las filogenias del virus, para saber de dónde viene y por dónde entró. Las técnicas moleculares nos permiten saber eso y más.
En México, la estrategia de vacunación ha sido una de las más exitosas de América Latina y también la más antigua. Su origen lo podemos rastrear hasta la etapa virreinal (1804) y las campañas de vacunación contra la viruela. Para ello se trajeron vacunas “vivas” en niños portadores y, al llegar a México, se organizaron juntas de vacunación para cubrir las principales ciudades y, atención, las vacunas se distribuyeron luego a Filipinas y Centroamérica.
El México independiente heredó la práctica y la organizó en juntas de sanidad, acompañándolas de capacitación de médicos, fomento de la sanidad y medidas higiénicas, y luego institucionalizó las campañas con la creación del Departamento de Salubridad Pública (1917), posteriormente Secretaría de Salubridad y Asistencia, que de inmediato comenzó campañas de vacunación contra viruela, difteria y tétanos. Entre 1940 y 1980 se consolidaron los esquemas de vacunación, incrementando las enfermedades cubiertas: sarampión, tosferina, tuberculosis, además de varias enfermedades zoonóticas en el ganado y mascotas.
Los éxitos son evidentes: la erradicación de la viruela, el control casi total de la poliomielitis, el tétanos y, hasta hace muy poco, la casi erradicación del sarampión. Enfermedades muy frecuentes, como la tosferina, tuberculosis, rabia y difteria, son ahora, afortunadamente, raras por estas campañas.
Hay que reconocer cuando las cosas se hacen bien y la vacunación es una de ellas, digna de aplaudirse, como la creación de la Cartilla Nacional de Vacunación, la organización de Semanas Nacionales de Vacunación y una cobertura de más del 90 % de la infancia. Un punto oscuro: la decisión de la administración de Felipe Calderón de dejar morir a Birmex, la empresa que nos dio autosuficiencia en vacunas, incluso nos hizo exportadores, y cuya casi muerte nos produjo un predicamento en la pandemia del covid-19. El desmantelamiento de esta empresa estratégica solo comenzó a revertirse en 2018…
Una lección: las vacunas, su aplicación y su producción son un elemento estratégico del desarrollo, la justicia social y la soberanía. Se están tomando acciones para revertir esta tontería cometida en 2009 por el tristemente célebre fecal. Reforzar las campañas de vacunación, incluir a toda la población con esquemas sectorizados, educar a la población y recuperar nuestra capacidad de producir vacunas, ahora con las tecnologías más modernas, por nuestra vida y bienestar, espero que lleguen a buen puerto.
