Editorial
Mientras las cabinas de los teleféricos comienzan a surcar los cielos de las ciudades Uruapan y de Morelia, Michoacán se enfrenta a una paradoja visual y política.
Hasta hoy, el gobernador Alfredo Ramírez Bedolla impulsa esas obras dentro de los puntos más emblemático, casi vanguardista, del llamado Plan Michoacán.
Y es que hay quienes poseen una duda razonable: ¿son los teleféricos citados la solución técnica que las ciudades requieren o es un proyecto político mediático?.
Hay preguntas ciudadanas interesantes en torno a este asunto como que si son necesarias una tecnología aérea sofisticada cuando las vialidades sufren estragos históricos.
Para especialistas resulta evidente que ante esos estragos se optó por un tratamiento estético antes que una cirugía de emergencia que exigen los asfaltos de ambas urbes.
De ahí enfoques ponderando que la verdadera movilidad está en la superficie, no en el aire, y que para ello se requiere de una escrupulosa reingeniería en las rutas y más.
Para el Gobierno de Michoacán los argumentos se pueden resumir en que los teleféricos son una solución de movilidad urbana, moderna, rápida, ecológica y segura.
También el discurso gubernamental, aparte de aderezar las inconformidades de los transportistas con la mejora del sector, con las obras se busca potencializar el turismo.
Más allá de los evidentes retrasos en la inauguración de los teleféricos –situados entre fallas técnicas y conflictos sociales-, habrá que esperar su respectiva funcionalidad.
Veremos si teleféricos son una solución genuina a la movilidad o un costoso monumento a la desconexión o si serán un privilegiado mirador de la realidad terrenal.
