NO. 1 CANAL DE NOTICIAS DE MICHOACÁN
¿YA ERES MIEMBRO?, INICIA SESIÓN ¡SUSCRÍBETE!
Destacadas

Destacadas

ENTREVISTA. Carlos “Charlie” García: El historiador, abogado, músico y empresario que construyó comunidad en las noches morelianas

Destacadas

Fuente: La Página Noticias / Destacadas / Redacción

Por VÍCTOR ARMANDO LÓPEZ

El sonido de una melodía de los Caifanes o de Soda Stéreo, mezclado con el rumor de las conversaciones, el choque de las botellas de cerveza y la risa cómplice de los parroquianos, era la banda sonora que durante más de dos décadas identificó a La Caldera, el mítico bar que Carlos Ernesto García Pérez, mejor conocido como “Charlie” García, construyó junto con su esposa Gabriela de la Vega, primero en el Boulevard García de León y luego en lo que fuera el cine “Lázaro Cárdenas”.

Hoy, en su oficina de la Secretaría de Educación de Michoacán, donde se desempeña como director de Profesiones, el ambiente es otro: Papeles, trámites, reuniones con colegios de profesionales y la responsabilidad de dar certeza a miles de cédulas. Pero el “Charlie“ García es el mismo que siempre fue: Un hombre de pies en la tierra, amiguero, nostálgico y con una lucidez que le permite reconocer sus propias contradicciones.

Entrevistado en el programa “Conexión”, perteneciente al portal www.lapaginanoticias.com.mx comparte que su historia es la de un niño rodeado de libros y música, un estudiante de historia que no soportaba los archivos, un abogado que prefirió los escenarios a los juzgados, un servidor público que se desvelaba hasta las cuatro de la madrugada atendiendo un bar, y un empresario nocturno que supo construir una comunidad donde el rock, la tertulia y la sana convivencia hermanaron a generaciones enteras.

Carlos Ernesto García Pérez nació en Morelia en 1967. Tiene 58 años, pero su nombre ya lleva una carga ideológica que define su origen familiar. “Mi padre, que era un militante de la izquierda y maestro de la Universidad Michoacana, me puso mi nombre por Carlos Marx y Ernesto “El Che” Guevara, revela con una sonrisa que no oculta el orgullo por esa herencia. Su apellido materno, Pérez, completa el nombre de quien el mundo conocería simplemente como Charly García, un apodo que ha trascendido su nombre de pila.

Su infancia transcurrió en diversas colonias de clase media de la capital michoacana: “Primero por el rumbo del Rancho del Charro, después nos mudamos más hacia el centro, luego estuvimos una temporada en La Huerta”. Su madre le contó que en los primeros diez años de matrimonio se cambiaron once veces de casa. Pero fue en la primaria “Miguel Hidalgo”, una escuela laica donde ingresaban los hijos de funcionarios y de familias de izquierda que no querían escuelas confesionales, donde empezó a forjar sus primeras amistades duraderas.

Allí coincidió con hijos de políticos de la época, como Jaime Darío Oseguera, amigo que conserva hasta hoy. Un momento clave de su niñez fue cuando su madre, trabajadora de la Secretaría de Educación y Salud, consiguió un crédito del FOVISSSTE y la familia se mudó a la colonia Fovissste Morelos. Charly estaba terminando sexto de primaria. La secundaria que le tocó fue la número cuatro José Guadalupe Salto, ubicada en una zona que él mismo califica como “brava”. Su padre fue a recogerlo un día en el turno de la tarde y, al ver el ambiente, logró que lo cambiaran al turno de la mañana para protegerlo. “Dijo: ‘A este pobre me lo van a matar aquí’”, recuerda entre risas.

Fue allí, en esa colonia de reciente creación, donde vivió una parte muy bonita de su vida. Las calles estaban llenas de niños que llegaron al mismo tiempo porque sus padres recibieron sus créditos. “En cuestión de dos años se pobló aquella colonia con muchísimos infantes”, evoca. Un barrio solidario, con áreas verdes, jardines, juegos y zonas comerciales. “Creo fue de las cosas buenas que se hacían con la seguridad social en los años setentas”, reflexiona.

De niño y adolescente, Charlie era, ante todo, amiguero. “Siempre muy amiguero. Me hacía fácilmente de migas con la gente.” Pero también era tímido, aunque ese temor no le impedía caer bien. “He procurado no ser un tipo especial, siempre tener los pies en la tierra”, afirma. Y añade, con una honestidad que lo caracteriza, que le resulta más fácil hablar mal de sí mismo que bien. En esa secundaria brava aprendió a no dejarse, pero siempre procuró “sacar lo mejor de uno y entender lo mejor del otro para poder comunicarse”. Una filosofía que lo acompañaría toda su vida, tanto en los escenarios como en los mostradores de los bares y en las mesas de negociación.

Su vocación intelectual y musical tiene una raíz profunda: su abuelo paterno, Luis García Romero, originario de Pichátaro, en la Meseta Purépecha. “Aprendió a tocar el violín desde muy chiquito. Leía notas musicales, partituras, antes de leer en español”, cuenta Charly con admiración. Ese abuelo, juez de distrito que fue destinado a Saltillo y Piedras Negras, vivió lejos de la familia la mayor parte de su vida, pero dejó una biblioteca que siempre estuvo presente en la casa paterna. Libros que estaban llenos de filosofía, historia, griegos y romanos. Y también dejó una descendencia con nombres singulares: sus tíos se llamaban Epitecto, Antístenes, Emmanuel Kant. “Tuve un tío al que le decían Jerry, fue un buen basquetbolista, jugaba con los Tarascos, un cuate muy singular”, recuerda.

Pero la influencia más directa fue su padre, profesor universitario de historia, un “filósofo frustrado” a quien su propio padre no le permitió estudiar filosofía y derecho al mismo tiempo. Charly creció ayudándole a calificar exámenes y trabajos desde muy pequeño, escuchando música desde el amanecer. “Mi vida giraba alrededor de la música siempre. Desde que me levantaba, mi papá ya estaba escuchando música”.  En el auto, su padre tenía sistemas de sonido impresionantes; primero con ocho pistas, luego con cassettes. “Me decía: Mira, gordito, escucha esto, esto es tal cosa.”

 Así, Charly creció oyendo jazz clásico, be-bop, salsa de la Fania All Stars (Rubén Blades, Willie Colón, Johnny Pacheco), trova yucateca, música cubana, brasileira, y también pop como Barry White, Quincy Jones, Chicago, Blood, Sweat & Tears.  “Regresábamos a la casa al mediodía: ‘ponte un discquito, gordito’. Entonces con música en la tarde, música y todo el tiempo música”.

Quiso estudiar Arqueología, pero la carrera no existía en Michoacán ni en la Universidad Michoacana. Su padre le sugirió que estudiara algo afín. Se decantó por historia. Ingresó a la Facultad de Historia de la Universidad Michoacana, donde tuvo grandes maestros: Osvaldo Arias, Jaime Hernández, Napoleón Guzmán Ávila, la maestra Ofelia Mendoza, José Corona Núñez. Muchos de ellos, recuerda, venían de los exilios de las dictaduras latinoamericanas y enriquecieron la vida cultural y académica no solo de la universidad, sino de toda la sociedad michoacana.

Carlos Ernesto García terminó la licenciatura, dio clases un par de años, pero entonces se dio cuenta de algo crucial: “Creo que tengo un trastorno de déficit de atención, ya tal vez un poco dominado por los años”. No se veía en un archivo, sentado seis, siete u ocho horas haciendo investigación histórica. Necesitaba movimiento, acción. Y entonces, siguiendo la tradición familiar de abogados (su abuelo, su padre, su tío Epitecto), decidió estudiar Derecho. Entró a la Facultad de Derecho, pero la carrera quedó interrumpida cuando decidió irse a vivir una temporada a Estados Unidos. Estuvo en San Francisco un poco más de año y medio.

Fue su padre quien lo trajo de vuelta con un trato de caballeros: “Me empezaste derecho, acabas derecho. Terminas, me entregas tu título y si quieres te regresas. Lo que empiezas tienes que terminarlo”. Charlie cumplió. Terminó derecho, dio clases también, y luego entró a trabajar en la administración pública estatal, en la Direccion de Atención a Migrantes.

Pero la música nunca se fue. Fue en la escuela de historia donde conoció a amigos más jóvenes, todavía en prepa, con los que compartía música en LPs y cassettes, en una época sin redes sociales. Se rolaban discos de The Cure y otras bandas. Un amigo baterista, Omar Landa, lo invitó a integrarse a una banda que necesitaba cantante de emergencia para una fecha en Ciudad Guzmán. Charly no pudo porque se iba a Tijuana. A su regreso, los músicos le pidieron una prueba. Llegó a casa del bajista Fermín, cantó una de Soda Stéreo, y lo aceptaron.

“Ahí fue que empecé a cantar con una banda. Estoy por ahí de los cuarenta años ya de mi carrera musical”, calcula. Su primera presentación fue en un bar llamado Las Chabelas, en el Boulevard García de León. Después vinieron otros escenarios, otras bandas, hasta que llegaron a tocar en “La Puerta de Alcalá” y al legendario “Rockotitlán” en la Ciudad de México, donde le abrieron a los grupos Ritmo Peligroso y a Neón. “Era muy padre porque tocábamos ahí y el público estaba muy en corto. Iba el de los Caifanes, el bajista de Los Amantes de Lola, todo mundo iba”.

 Así, sin una sola clase de canto, sin formación musical formal (apenas unos intentos de saxofón en San Francisco y un bajo que dejó botado), Charlie García construyó una carrera paralela que lo llevaría a ser el alma de la noche moreliana.

La noche y el amor se cruzaron. Charly conocía a Gabriela de la Vega, quien administraba el bar Freedom. Ella había estudiado hotelería, gastronomía y turismo. Una vez, siendo todavía novios, platicaron sobre sus proyectos. Gabriela dijo: “A mí me gustaría mucho tener un bar”. Charlie respondió: “A mí también”. Así empezó todo. El 27 o 28 de diciembre de 1999 abrieron La Caldera en el Boulevard García de León. “La hicimos a pico y pala, Gabriela y yo. Tumbamos paredes, repellamos, un esfuerzo casi artesanal”, recuerda. Eldinero salió de préstamos familiares (la mamá de Gabriela, la mamá de Charlie) y de lo que él obtuvo de un despacho jurídico que tenía con un amigo. Incluso amigos aportaron dos o tres mil pesos. Todos fueron pagados. La Caldera se convirtió rápidamente en un ícono.

¿El secreto? En parte, la música: Se tocaba rock en inglés y español, en pleno auge del rock en español. Pero también el ambiente. “No hacíamos distinciones de quién ingresaba ni de cómo andaba vestido. Nos hermanaba el gusto por cierto tipo de música”. La Caldera congregó a estudiantes, funcionarios, artistas, intelectuales, a toda una generación. Charlie recuerda con cariño que había un grupo de amigos que jugaban dominó, como Claudio. Las anécdotas se acumulan: una vez, en la puerta, cuando el lugar estaba hasta el tope y él mismo controlaba el acceso, llegó un personaje conocido de la vida moreliana, alguien “muy creído”, que le pidió: “Oye, brother, háblale a Charlie, es mi brother, dile que estoy aquí afuera”. Charlie, que no lo conocía, se quedó callado. Los que estaban cerca se dieron cuenta de la situación y empezaron a cargar al recién llegado. “No era cliente, no fue cliente, no volvió a ir”, dice con una sonrisa pícara.

“La gente que iba a esos lugares era completamente lo opuesto: No había poses, no ibas a que te vieran”. La Caldera tuvo que cerrar en su primera ubicación por quejas de los vecinos. Después de un interinato con otro negocio, reabrieron en lo que fue el cine Lázaro Cárdenas, un espacio mucho más grande. Ahí duraron siete años. Los miércoles tenían la cerveza más barata que en las tiendas: Siete pesos cuando en las tiendas costaba ocho. “Muchos estudiantes, muy sano”.

En La Caldera hubo una temporada de conflictos entre dos bandas que se peleaban cada miércoles, hasta que un amigo ayudó a resolverlo “a fuerza de amenazas”. Pero en general, el ambiente siempre fue tranquilo. Después llegaron los “granadazos” (15 de septiembre de 2008), aquellos trágicos sucesos que cambiaron la radiografía de la noche moreliana. La ciudad se apaciguó por un tiempo. Charlíe y Gabriela pararon una temporada, luego abrieron en la zona centro de Morelia: “El Barrio”, mismo que dejó de funcionar en octubre de 2022.

García Pérez destaca que en ese momento ya eran 25 años de desvelo al atender sus bares y de cantar en los mismos de manera diaria o cuando menos tres veces por semana. “Una locura ya insostenible”. Esa vida de doble jornada (servidor público en el día, empresario nocturno y músico en la madrugada) fue agotadora, pero también plena.

Charlie destaca que no lo habría logrado sin Gabriela. “Ella es el alma de esos negocios. Ha estado entregada en cuerpo y alma”. Se turnaban: Él se levantaba temprano para ir a trabajar, ella se quedaba en el bar y llegaba tarde a casa cuando él ya dormía. Sus hijos crecieron con esa dinámica. “Nos perdimos muchísimas cosas, pero ganamos muchísimas otras. Tuvimos una comunidad alrededor nuestra”.

Poco a poco, Charlie García fue reduciendo el ritmo: de martes a sábado, luego miércoles a sábado, luego sólo viernes y sábado, y a las tres de la mañana se escabullía. “Ya pagué lo que debía”, sentencia. Ahora, la salud, los hijos adolescentes y el deseo de disfrutar otras cosas los llevaron a cerrar ese ciclo.

Pero la música no se ha detenido. Hace quince días, Charly vivió uno de los conciertos más significativos de su carrera: en el Picnic, un festival familiar organizado por el gobierno estatal, frente a más de tres mil personas. “Había gente de edad avanzada, de mediana edad, jóvenes y chiquillos. Todos en una disposición muy padre. Tres mil personas y un policía por allá, todo mundo en santa paz”. Fue una suerte de recompensa después de tantos años. “No soy yo realmente. Hemos construido todos una comunidad, y yo he tocado las canciones que han sido parte del soundtrack de nuestras vidas”.

Aunque el nerviosismo no lo ha abandonado: “Las primeras dos canciones de ese concierto tenía la voz temblorosa. Después de tantos años todavía me pongo nervioso”. Su deseo ahora es seguir tocando, pero en horarios más tempranos: “Tardeadas y a lo mejor acabamos haciendo matines, mañanadas”.

Un día normal en la vida de Charlie García comienza con un poco de ejercicio. Antes jugaba tenis y basquetbol, pero las rodillas ya no le dan; ahora juega pádel, aunque no tan seguido. Procura caminar o ir al gimnasio. Luego se va a su oficina en la Secretaría de Educación, donde es director de Profesiones. Su horario de oficina es intenso; a las tres y cuarto de la tarde se va al restaurante Barrio Nuevo, que tiene con Gabriela, y que ella atiende. Él se queda ahí, a veces despacha desde el restaurante, se reúne con gente, come algo, y luego regresa a la oficina por la tarde o sigue desde ahí. Pasa tiempo con su familia, lleva a su hijo o a su hija al gimnasio, y a las ocho o nueve de la noche ya está “por puertas”.

Los fines de semana, juega pádel con amigos, se toma unas cervezas, y también dedica tiempo al proyecto político de Gabriela Molina (su jefa en la Secretaría de Educación) y al suyo propio.

No colecciona cosas materiales, excepto memorias. “Colecciono recuerdos, caras, canciones”. Tiene un Torino 72, pero no se considera coleccionista. Conserva los libros de la biblioteca de su padre y de su abuelo, y eso es suficiente. En la comida, es fanático de la cocina mexicana, pero también le encanta cocinar comida tailandesa y vietnamita.

En su restaurante Barrio Nuevo hay recetas suyas y de Gabriela. Le gustan los aguachiles, las pastas. Y disfruta mucho hornear pan: hoy, antes de venir a la entrevista, Gabriela estaba probando una focaccia. En cuanto a las bebidas, reconoce que en su época nocturna el consumo de alcohol fue “bastante”. “Ahora con cierta edad pienso que no está bien, y ya me he hecho mucho más medido”. Pero le gusta el whisky, el mezcal, y sobre todo, le gusta beber mientras canta, aunque procura dominarse.

Admira profundamente a su madre, Yolanda, doña Yola. “Sin ser la gran intelectual, era una secretaria en la Secretaría de Salud, pero era una institución. Una profesional intachable. Guapa, distinguida, gran lectora. Un ejemplo de trabajo, de profesionalismo, de dedicación, de amor por la profesión”. Considera que si su madre hubiera estudiado una carrera universitaria, habría llegado a ser una gran profesionista.

Pero también Carlos Ernesto García admira a músicos como Peter Gabriel, David Sylvian, Robert Smith de The Cure, y todo el movimiento de la editorial 4AD.

¿Qué aportó La Caldera a la sociedad moreliana? Se le cuestiona. A lo que Charlie responde con humildad: “Un espacio de recreación, pero también de creación. A través de la plática, de la construcción de relaciones. Creo que aportó un sentido de comunidad, donde nos hermanábamos. Se tejieron relaciones intelectuales, políticas, de amor, de familia, y también de desavenencias”.

La gente encontraba allí un lugar donde se sentía como en su propia sala. “Alguna vez un amigo me dijo: ‘Yo aquí me siento como si estuviera en la sala de mi casa’”. Charly disfruta todavía ser reconocido en la calle, ser saludado con buena onda, pero siempre aclara: “No era nada más yo, éramos todos”.

Finalmente, al participar en la dinámica de “La llave mágica” del programa “Conexión”, Carlos Ernesto García Pérez puntualiza que con ella le abriría a Michoacán la puerta de la educación, para tener un mejor futuro y bienestar, y con ello vivir mejor”.

Carlos “Charly” García es un hombre que ha transitado por múltiples mundos: La academia, el servicio público, la música y el empresariado nocturno. Pero en todos ellos ha mantenido una coherencia: La búsqueda de comunidad, la pasión por la música como lenguaje universal y la convicción de que la vida se construye con amigos, con trabajo honesto y con la generosidad de quien sabe que el éxito no es individual, sino colectivo.

Su legado no está sólo en las paredes de La Caldera, sino en la memoria de miles de morelianos que alguna vez, al ritmo de una canción y de un buen trago, se sintieron en casa.

EN OTRAS NOTICIAS

Proyecto de Aduana Tipo 1 avanza en Puerto de Lázaro Cárdenas

El puerto marítimo de Michoacán proyecta una operación continua las 24/7 y anuncia la ampliación de...

La Universidad Michoacana expande su oferta educativa

Conoce las nuevas carreras y programas en línea que integran la oferta educativa nicolaita de la UMS...

Detección temprana: un arma contra el cáncer de próstata; en Michoacán, 100 casos al año

Cada año se detectan más de 100 casos de cáncer de próstata en Michoacán. El 70% se diagnostica en e...

Identifican al niño que murió tras el accidente de cuatrimoto en Morelia; tenía sólo 8 años

El menor fallecido en el trágico accidente de cuatrimoto en Morelia tenía 8 años de edad. Dos menore...

MAS POPULARES

Camioneta se va a un barranco Opopeo-Tacámbaro; hay 2 fallecidas y 3 heridos

Una de las víctimas murió en el lugar de los hechos y la otra en un hospital. Al parecer habían visi...


Catzy Cat Café, el lugar en Morelia para convivir con michis

Morelia, Michoacán ¿Eres fanático de los gatos? ¿Disfrutas de largas charlas, acompañadas por un del...


Dejan vehículo abandonado con 400 grapas de meta en Tacámbaro

Tacámbaro, Michoacán En un operativo realizado entre elementos del Ejército México y Guardia Naciona...


Diabetes, hipertensión y obesidad son las principales causas de daño renal: SSM

Morelia, Michoacán La Secretaría de Salud de Michoacán (SSM) da a conocer las ocho “reglas de oro” p...

RECIENTES

Proyecto de Aduana Tipo 1 avanza en Puerto de Lázaro Cárdenas

El puerto marítimo de Michoacán proyecta una operación continua las 24/7 y anuncia la ampliación de...


La Universidad Michoacana expande su oferta educativa

Conoce las nuevas carreras y programas en línea que integran la oferta educativa nicolaita de la UMS...


El histórico Acueducto de Morelia: un emblema de cantera rosa

Conoce la historia del Acueducto de Morelia, sus 253 arcos de cantera rosa y su evolución desde la é...


Identifican al niño que murió tras el accidente de cuatrimoto en Morelia; tenía sólo 8 años

El menor fallecido en el trágico accidente de cuatrimoto en Morelia tenía 8 años de edad. Dos menore...