Lázaro Cárdenas, Michoacán
La madrugada se volvió más larga de lo normal afuera de la funeraria “Cuatro Amigos”. El silencio, roto apenas por el murmullo de familiares y el llanto contenido, envolvía el lugar donde es velada la maestra María del Rosario Sagrero, asesinada un día antes dentro de la preparatoria “Antón Makarenko”.
Ahí, de pie, con la voz entrecortada y los ojos enrojecidos, Francisco Delgado Madrigal, su esposo, intentaba sostenerse entre el dolor y la incredulidad. Cada palabra le pesaba.
“Sólo quiero justicia…”, alcanzó a decir, mientras el llanto le ganaba. No había reclamos estridentes, sólo un dolor profundo, de esos que no encuentran consuelo.
Su esposa —dijo— no solo era maestra. Era madre y trabajadora ejemplar. Era el pilar de su familia. Hoy, sus dos hijas pequeñas tendrán que aprender a vivir sin ella.
El crimen, que ha sacudido a todo el puerto, ocurrió cuando un alumno de apenas 15 años ingresó al plantel con un arma larga y disparó contra la docente y otra de sus compañeras, Tatiana. Un hecho que ha dejado más preguntas que respuestas.
Don Francisco evitó entrar en señalamientos sobre el entorno del menor agresor. “No me corresponde juzgar eso”, dijo con dificultad. Su lucha, insistió, es otra: que se haga justicia.
“Destruyeron un matrimonio… dejaron sin madre a mis hijas”, expresó, con una mezcla de rabia y tristeza que calaba en quienes lo escuchaban.
Mientras tanto, el adiós ya está en marcha.
A las seis de la mañana, el cortejo fúnebre partirá rumbo al municipio de Arteaga, tierra natal de la maestra, donde su madre y sus nueve hermanos, sobrinos y amigos le darán el último adiós. Más tarde, el cuerpo regresará a Lázaro Cárdenas, donde vecinos, alumnos y compañeros le rendirán un homenaje póstumo afuera de la preparatoria donde perdió la vida.
Será un regreso doloroso, al mismo lugar donde todo terminó.
Después, vendrá el último trayecto: misa de cuerpo presente y el panteón, donde su historia se cerrará entre lágrimas, flores y promesas de no olvidarla.
“Ya nada me la va a regresar…”, dijo su esposo, casi en un susurro.
Y en medio del dolor que no da tregua, su exigencia se mantiene firme, como lo único que le queda en pie: Justicia.